Un hombre solo puede tener fe y confianza en Dios…pero no alabarlo.

Desde el principio de los tiempos ha sido el propósito de Dios que los hombres y mujeres le alabemos en comunión. Es decir, juntos, congregados. En el siglo primero aquellos 120 que se beneficiaron con el ungimiento por Espíritu Santo estaban congregados, alababan a Dios y fulguraban en espíritu por esta razón. A pesar de que eran perseguidos por aquellos que habían dado muerte a Cristo, se mantenían fuertes y animosos. Compartían el pan y la gracia de Dios.

Moisés y Aarón  fueron comisionados a presentarse ante el faraón de Egipto y que le hicieran saber que el Dios de Israel quería que le permitiera a Su pueblo, adorarle durante tres días en el desierto. La nación israelita, esclava en Egipto, era una gran congregación que alababa a Dios.

¿Qué espera Dios del cristiano actual? ¿qué le adore en secreto? ¿en silencio? ¿en su individualidad? ¡No!

Pablo exhorta a todos y todas a “continuar animándose al amor y a las obras excelentes. SIN DEJAR DE REUNIRSE, como algunos tienen por costumbre. Porque nos advierte que el día de Jehová está cerca”.

El congregarnos nos retroalimenta. Nos permite convivir con otras personas que comparten la dicha del sacrificio redentor de Cristo. Al congregarnos nuestra alabanza es completa.

Cuando oramos en privado, quizá damos gracias a Dios por un nuevo día. O pedimos perdón por un pecado o quizá pedimos ayuda por un enfermo. Cuando estudiamos la Biblia en estudio personal, aprendemos un poco más acerca de todo lo bueno que es Dios. Nuestra alabanza es cuando nos congregamos con nuestros hermanos en la fe y cantamos y oramos y escuchamos la palabra de Dios. En ese momento no pedimos nada para nosotros, ni para los nuestros, ni para los que tienen hambre en el mundo…No, porque en ese momento estamos amando y alabando a nuestro Dios. Y lo hacemos como el quiere: juntos, en armonía.

En la Jerusalén celestial los ángeles alaban a Dios todo el tiempo. Pero no están distantes, ni lo adoran en privado. Están congregados.

Sigamos el ejemplo de los “hijos de Dios”, los ángeles.

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