Durante los días creativos Dios en su poder fue formando todas las cosas de forma maravillosa y majestuosa. Como un gran artista diseñó el universo, los planetas, los mares…Y finalmente al hombre.

Antes del hombre, dice el Génesis, cada cosa creada le parecía bien a Dios. Porque estas cosas estaban completas. El universo en su admirable armonía, con el sol cumpliendo su función, al igual que cada estrella. Los animales estaban según su tipo, macho y hembra. No así el hombre, que estaba solo y no se sentía completo. Tenía alimento en abundancia, salud, perfección. Pero no estaba del todo satisfecho. Claro que disfrutaba de una relación plena con Dios, pero le faltaba con quien hacer compañía. El hombre en sus adentros sabía que algo -o alguien, mejor dicho- le hacía falta para ser verdaderamente completo y feliz.

No era bueno que el hombre permaneciera solo. Adán, el primer hombre, creado a la semejanza de Dios, allí, en ese hermoso jardín creado para él, para su disfrute… Pero Adán veía que los animales que le habían sido encargados andaban en pareja. Al verse solo, Adán se ponía triste. Así lo vio Dios y tomó una parte de Adán para formar a la mujer. Carne de su carne fue Eva para Adán.
Así que no es que a Adán le hiciera falta algo. Sino que en realidad no estaba completo. Por eso cuando Dios bendice el matrimonio de Adán y Eva les dice que son una sola carne.

No es en un plano secundario en el que Dios ha puesto a la mujer. No. La mujer complementa al hombre. Lo nutre, lo alienta, lo escucha. Lo enriquece con su amor y ternura. Y le pone la muestra de su laboriosidad. Tampoco es la mujer un sirviente para el hombre, ni un objeto. Pablo exhorta a los cristianos a acariciar a su propia carne. Y ¿quién es esa propia carne si no la mujer?

Los nacidos en Cristo debemos tener siempre presente que nuestra cónyuge no es nuestro primer prójimo, sino nuestro propio cuerpo.

Cristo fue el gran emancipador de la mujer. Le hizo ver cuán importante es la función que desempeña en la obra de Dios. Hoy en día las mujeres ocupan un lugar importante en la obra del Señor. Marcan la pauta en la predicación. Ministran con amor y hacen obras de misericordia. No intentan ocupar un puesto que no es el suyo. En vez de eso, se sujetan con mansedumbre al orden que Cristo estableció.

Así que la mujer sin duda, es protagonista del plan Divino.

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