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El diezmo

El diezmo siempre ha sido motivo de discusión entre las congregaciones cristianas. Algunos defienden que es lícito cobrarlo, otros, por el contrario, dicen que puesto que no estamos bajo el antiguo pacto, no debe cobrarse. ¿Qué es lo correcto?

Para poder entender este punto, debemos partir del hecho de que el pacto que se le dio al pueblo de Moisés no es el mismo que el pacto cristiano. Dios, como lo explica Pablo en Gálatas, tomó un pueblo de entre los que había en la tierra y cumplió la promesa que le había dado a Abrahan. Este pueblo necesitaba un orden, por eso se le dieron leyes. Dentro de este orden, por supuesto que entraba tanto la forma en cómo se adoraría a Dios y el reparto de la tierra prometida. Una tribu no recibió tierra para trabajar, esa fue la tribu de Leví. Esta tribu fue designada para el servicio a Dios. Los levitas no recibían retribución económica por lo que la tierra o su ganado les produjera, como las otras once tribus de la nación. Por eso Dios instituyó el diezmo. De este diezmo es de donde esta tribu recibía su retribución.

No está registrado en los evangelios que Cristo hubiera instituido algo similar entre sus apóstoles y discípulos. Cierto que había un tesorero, Judas, que administraba las contribuciones, pero no era un diezmo obligado. Pablo en la segunda a los Corintios capítulo 9, deja bastante claro que la contribución nunca debe ser forzada, sino de forma liberal y es esta liberalidad, que se entiende como alegría, la que Dios bendice.

¿Entonces por qué si todo parece estar tan claro en cuanto al diezmo en nuestro tiempo, se insiste en exigirlo?

Hay que decirlo con la mayor de las franquezas, muchos ven la fe como un negocio o como una forma de sustento. No es extraño ver a pastores o líderes de congregaciones llevar una vida ostentosa, siendo que no cuentan con trabajo seglar. Los podemos ver en la televisión, en los barrios, pasearse con sus autos lujosos o sus relojes de oro o el traje caro. Si el maestro, que ahora es nuestro rey, no hacía alarde de riqueza material, ¿por qué sus siervos sí? El esclavo, nunca, bajo ninguna circunstancia puede ser mayor que el amo. Y puesto que estamos por fe y entendemos que esta vida es pasajera, no debemos olvidar el consejo del apóstol Juan de no amar al mundo, ni lo que hay en el, pues no procede de Dios, sino del diablo (1 Juan 2:15-17). Los líderes cristianos que en realidad son mercaderes de la fe a menudo mal emplean el pasaje de Malaquías 3:10. Sacan este pasaje de contexto y con el incitan a los congregantes a que den un diezmo, pues esperan una retribución, como se lee en el pasaje, Dios promete. Como bien advierte el comentario a este pasaje en La Biblia de Nuestro Pueblo: «No podemos trasladar sin más esta doctrina a nuestra época, pues caeríamos en abusos injustificados. Hay que recordar que el profeta habla en una época en la que se tenía por seguro que el Señor tenía que retribuir materialmente las ofrendas, diezmos y primicias que se presentaban al templo, estableciendo así una especia de trueque o intercambio». Nunca debemo olvidar que la fe es dádiva gratuita por parte de Dios.

A partir del pentecostés no hubo predicador más dedicado que el apóstol Pablo. Este siervo de Dios hacia lo posible por no ser una carga para sus hermanos en la fe. Ejercía el oficio de forjador de tiendas de campaña, lo que le permitía tener ingresos. Cierto es que hubo ocasiones en que se hicieron colectas, pero estas no fueron en ningún caso para el beneficio de los «columnas de la congregación». Fueron empleados estos recursos para ayudar a los hermanos que estaban bajo persecución o pobreza. Pablo aconsejó de manera firme: el que no trabaja, entonces que no coma.

Lógico que para que existan congregaciones y se difunda la obra deben haber contribuciones, pero estas, como ya se señaló, deben ser voluntarias. Dios ama al dador alegre, pero entiende que no todos pueden dar en la misma capacidad económica. Hay los que dan más en material y los que dan más en fe. Por eso Pablo dice que en la congregación de Dios llega a haber una igualación, pues unos compensan a otros. Los que tienen más compensan a los que tienen poco en sentido material, y los que son fuertes en la fe, compensan y estimulan a los débiles.

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