El fariseo y el recaudador de impuestos

El siguiente ejercicio teológico está basado en la llamada Parábola del Fariseo y el Recaudador de Impuestos, que aparece en el evangelio de Lucas, capítulo 18 versículos del 09 al 14.

Una primera mirada a esta parábola

En esta parábola tenemos a dos personajes centrales: el fariseo y el recaudador de impuestos. Dos polos opuestos, nada tan contrario y enfrentado como la personalidad de estos dos personajes. Ambos dentro del templo, que es la casa simbólica de Dios en la tierra. Esto quiere decir que han acudido a la observación y al juicio de Él. A ojos y entendimiento humanos, ya sabemos cuál, a nuestro juicio, será recompensado y cuál merecerá reprensión. Pero Jesús quiere que los presentes no se limiten al razonamiento humano, sino que sean capaces de vislumbrar el amor, la gracia y la bondad de Dios.

Desarrollo del relato

Antes de adentrarnos en el relato, es conveniente que definamos bien lo que era un fariseo y un recaudador de impuestos. Un fariseo en el primer siglo era un miembro del partido judío del mismo nombre, que en hebreo significa “separar”. Así, podemos entender que estos hombres se “separaban” del resto de los judíos para el servicio a Dios, que comprendía el estudio de la ley, su interpretación y la enseñanza y explicación de la misma en las sinagogas. Los fariseos eran el partido dominante y esto hacía que su manera de interpretar la ley predominara entre el pueblo judío. Cabe señalar que los fariseos eran sumamente ortodoxos en su defensa de la ley. Por otro lado, los recaudadores de impuestos eran personas consideradas como sumamente pecadoras. Llevaban una vida de excesos, se emborrachaban, convivían con prostitutas y gentiles. Puede entenderse que incumplían prácticamente todos los mandamientos de la ley. Pero había algo más: los recaudadores de impuestos servían al imperio romano que tenía bajo su dominio a los judíos, luego entonces estos personajes eran vistos como traidores.

Quizá en el momento en que Jesús está hablando hay doctores de la ley presentes, o simplemente personas escrupulosas, porque Lucas advierte que a ellos es a los que dirige esta parábola. La Nueva Traducción Viviente dice que estas personas no solo se sentían demasiado justas, sino que además menospreciaban a los demás. Pensaban que como ellos no se hallaban pecado alguno, tenían el derecho de ponerse un peldaño arriba moralmente hablando y desde esa superioridad ver con desprecio a los demás.

Jesús relata que dos hombres entraron al templo de Dios a orar. Los dos se apartan del resto de los presentes, pero por razones muy distintas. El fariseo lo hace desde la soberbia, lo hará notar en las frases de su oración. El recaudador de impuestos en cambio, se aparta porque se siente “sucio”, no merecedor de estar allí. Es tanta la pena de este hombre, que mientras ruega a Dios por compasión, no levanta la mirada. En cambio el fariseo tiene el pecho erguido, y el rostro arriba, tanto que le ha permitido observar al auditorio y al recaudador de impuestos. En ese mirar se ha comparado con todos ellos y a su juicio, se ha calificado con mejor nota que todos ellos. ¡Y cómo no iba a ser así! si él no engañaba, no pecaba y no cometía adulterio, como sí lo hacía el recaudador de impuestos. Además de que ayunaba, muy distinto a las conductas glotonas del otro. También daba su diezmo de forma puntual. Como puede verse, este hombre no se asumía pecador ni digno de compasión. Este hombre agradecía por estar libre de pecado. El recaudador en su dolor golpeaba su pecho, seguramente lloraba mientras pedía misericordia, pues se sabía pecador. No enumeró las cosas que había hecho mal, porque sabía perfectamente que Dios ya conocía todas estas cosas, por eso venía a pedir perdón. Jesús culmina el relato diciendo que este recaudador de impuestos es el que fue justificado por Dios y no el fariseo. Sabiendo este veredicto ¿podríamos concluir que Dios acepta el pecado?

La respuesta es un contundente no. Dios no se contenta con el pecado, pero tampoco es lo más importante para Él, como tampoco lo es el observar la ley de la manera en que este fariseo lo hacía. La clave la da Jesús cuando dice que el que es humilde y se humilla ante Dios es el que será justificado por Él. El fariseo fue aprobado por Dios porque reconoció sus debilidades y pidió perdón a Dios. No soy digno de estar ante ti, dijo este hombre y conmovió el corazón de Dios. En cambio el fariseo no fue humilde ni fue capaz de mostrar sentimiento alguno a Dios.

Conclusión

Los cristianos muchas veces pensamos que si observamos la ley “seremos merecedores de la vida eterna”. Nos olvidamos de la gracia de Dios y del sacrificio redentor de Jesús. Cierto es que este rescate no nos da carta abierta para pecar, de hecho, hacerlo deliberadamente no estaría demostrando que amamos a Dios. Pero no está en la obediencia de la ley ni en el esfuerzo humano la salvación. Nada de lo que hagamos nos hace merecedores de nada, porque no somos quienes nos otorgamos la salvación, sino Dios en su bondad. Pensar otra cosa es, como decía Pablo, asumir que no necesitábamos a Jesús y que éste murió en vano.

Los cristianos debemos ser humildes como Jesús y ser felices haciendo la voluntad de Dios, pero por amor y no por obligación, no como un deber, nunca como costumbre. Deberemos evitar a toda costa mirar a los demás con el desprecio que lo hacía el fariseo. Como vimos, la separación del fariseo fue muy distinta  de la del recaudador de impuestos. Hoy esta separación también puede darse. Vemos lo que se “separan” para abnegadamente servir a Dios, para atender enfermos o cuidar huérfanos. Esta separación es positiva, llena de humildad. Pero también hay separaciones un tanto farisáicas. Por ejemplo, si pensamos que nuestra religión es la única y verdadera, nos estamos separando de todos aquellos que confiesan a Cristo como salvador, toda vez que Jesús no estableció religión alguna sino un modelo de fe. Este tipo de separaciones no excluye de la convivencia con otros y además nos priva de enriquecernos del conocimiento y experiencias de otros. Los cristianos debemos tener muy presente siempre que no seremos justificados por nosotros sino a pesar de nosotros. Aquellos que se separan de sus hermanos, porque piensan que “no son tan correctos como ellos”, en realidad están dividiendo la casa de Dios. Pensar que somos el único conducto de Dios es fariseismo puro.

Traducciones:

Nueva Traducción Viviente

Reina Valera Contemporánea

Biblia Hispanoamericana Interconfesional

Referencias

The Free Encyclopedia. (n.d.). Retrieved March 22, 2017, from http://wikipedia.com/

Read the Bible. A free Bible on your phone, tablet, and computer. (n.d.). Retrieved March 22, 2017, from http://bible.com/

Sitio oficial de los testigos de Jehová. (n.d.). Retrieved March 22, 2017, from http://jw.org/es

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Teología sobre la parábola del hijo pródigo

Teología sobre la parábola del hijo pródigo

 

Para el siguiente estudio se han empleado las traducciones: Biblia de Jerusalén, Traducción en Lenguaje Actual y La Biblia de Nuestro Pueblo. La parábola del hijo pródigo aparece en el evangelio de Lucas capítulo 15:11-32.

Introducción

La llamada Parábola del Hijo Pródigo es uno de los pasajes más hermosos de los que podemos hallar en el evangelio de Lucas. Nos ofrece una ilustración sobre el materialismo, la debilidad, el perdón y la redención. Además de una gran lección de amor. La misericordia —tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo— tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama agapé. Esta parábola ha sido empleada innumerables veces, incluso por personas que no manifiestan fe en Cristo, ya que es mucho lo que se puede extraer de ella.

Al inicio del capítulo 15 del evangelio de Lucas se nos muestra la situación bajo la que Jesús relatará la llamada Parábola del Hijo Pródigo: Los recaudadores de impuestos y los pecadores, en los que pueden caber desde los ladrones hasta las prostitutas, están atentos a escuchar lo que Jesús está a punto de decir. También hay entre el auditorio algunos fariseos y doctores de la ley. Pero estos no están expectantes a lo que Jesús dirá, sino más bien murmuran y se sorprenden porque Jesús atiende a pecadores y come con ellos. La acusación de los fariseos y los escribas preparó el escenario para tres parábolas (la tercera de ellas fue la del hijo pródigo), en las que Jesús les enseña a estas autoridades judías y a nosotros en la actualidad, cómo trata Dios con los pecadores.

Es de esta tercera parábola de la que nos vamos a ocupar.

Los personajes principales de este pasaje son tres: el padre, el hijo menor y el hijo mayor. Del padre se nos permite saber que era un hombre rico, de lo que se desprende que toda su vida había trabajado empeñosamente hasta acumular una gran riqueza, tan grande que aún y cuando el hijo menor le pide que le entregue la parte que en herencia le corresponde, el padre no queda en carestía. También podemos discernir que era un hombre muy generoso, pues los jornaleros tenían pan en abundancia, según leemos en el versículo 17. En el hijo menor vemos el ejemplo claro del hijo que fue educado con principios y consejos sabios -se notará esta educación cuando después del sufrimiento y el hambre, producto de su mala cabeza, vengan la pena y la culpa por haber fallado a su padre- y a pesar de ello, toma muchas malas decisiones. El hijo mayor fue educado al igual que el menor, con sabiduría y esmero. Se le enseñó a trabajar y a administrar la riqueza. Este hijo, aunque ha sido obediente y no ha hecho algo para que su padre sufra, sí tendrá que aprender una gran lección.

Jesús relata que un día el hijo menor se acerca al padre y le pide le entregue lo que le corresponde como herencia. El padre hace de acuerdo a lo que el hijo le pide. La respuesta del padre, que accede no solo a darle al hijo menor su parte de la herencia, sino también el derecho a venderla, debió de parecerles inconcebible a los que oyeron la parábola. Pero hay que decir que el padre era un hombre sabio y el hijo no era un niño o adolescente, aún y cuando se le trate en el relato como el “menor”. Aquí vemos dos cosas, la primera es que el padre confiaba en el hijo y en la forma en cómo lo había educado. Y segundo, el padre respetó el libre albedrío del hijo. Así que confiando en el buen juicio de éste, reparte la herencia. No lo cuenta Jesús, pero quizá el hijo tuvo una buena idea o negocio en el cual invertir esa herencia. Incluso el hijo pudo haberlo planteado al padre y éste creer que era una buena oportunidad. O quizá se dejó llevar por los consejos frívolos de falsos amigos. El caso es que este heredero va a un país lejano, en el que no hace otra cosa que despilfarrar la riqueza que le fue entregada. Este hijo insensato se olvida de su familia, de su padre y se dedica a andar en fiestas y borracheras, convive con prostitutas hasta quedar en la pobreza. Pero esta pobreza se hace más intensa porque al lugar en el que reside le viene una situación crítica. Lo que en estos tiempos conocemos como una crisis económica. Este hijo pasa, sin duda, por momentos muy tristes.  Aunque había trabajado, siempre lo había hecho en la propiedad de su padre. Ahora no le queda de otra, si quiere comer, tendrá que ir a buscar un trabajo, cosa difícil en un país en carestía.

El hijo halla el trabajo más humilde que puede haber: alimentar a los cerdos. Esta parte se presta para distintos significados. Hay que recordar que Jesús está hablando a un auditorio mayormente judío. Ningún judío comía cerdo pues la ley mosaica les enseñaba que era un animal impuro. El contacto con estos animales les era repugnante. Así que el tener este contacto con los cerdos, nos da a entender hasta qué grado había caído económica y moralmente este hijo. Al cuidar a los cerdos, siente envidia de ellos, así de impuros como son, porque al menos ellos tienen qué comer pues su amo dispone de empleados para que los alimenten. En cambio él, extranjero en esta tierra, no parece importarle a nadie. Si pasa hambre o frío, si siente soledad, nadie le da consuelo.

Es entonces cuando recuerda la vida que se vive en las tierras de su padre. Muy distinta a la de aquí, en la que todo es pobreza. Allá los jornaleros tienen más pan del que pueden comer. ¡Qué distinto a él!

Es así como toma la decisión de hacer el camino de vuelta, pero sabe que ahora es una situación distinta. Ha actuado de forma egoísta e imprudente. Sabe que su padre ha estado triste y preocupado todo este tiempo por él. El llamado hijo pródigo emplea una frase clave en el versículo 18: me pondré en camino a casa de mi padre. Para los cristianos volver  casa del Padre es reajustar la vida, alejarse del pecado, arrepentirse de esa vida y pedir perdón. Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Es decir, es autoridad y amor a la vez. Por eso que el hijo diga “volveré a la casa de mi padre”, significa que aceptará el error, dejará de hacerlo, pedirá perdón y atenderá la amonestación… pero también, gustosamente esperará el abundante amor de parte del padre.

El padre, se nos dice en el relato, no espera a que el hijo llegue y pida perdón, no. El padre, al igual que el celestial, está presto a manifestar su amor, por una razón que más adelante se nos hace saber. No ha dicho una sola palabra el hijo, cuando el padre ya lo abraza y lo besa. Tanta bondad desconcierta al hijo, pero éste pide perdón a su padre por haber ofendido a Dios y a él. ¡Ya no merezco llamarme tu hijo! dice el hijo apesadumbrado.

Y justo aquí inicia la gran lección de amor que Jesús quiere comunicar.  La Traducción en Lenguaje Actual en los versículos 22-25 nos dice :

Pero antes que el muchacho terminara

de hablar, el padre llamó a los sirvientes y les dijo:

“¡pronto! Traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle

un anillo, y también sandalias. ¡Maten el ternero más

gordo y hagamos una gran fiesta, porque mi hijo

ha regresado! Es como si hubiera muerto, y ha

vuelto a vivir. Se había perdido y lo hemos encontrado.”

Y comenzó la fiesta.

Para el padre amoroso siempre hay tiempo para recomponer las cosas. Lo más difícil ya está hecho, el hijo está aquí, de vuelta. Todo lo demás puede esperar. Ahora hay que reconfortar a este hijo. Hacerle saber que se le ama. Por eso el padre ordena que este hijo sea vestido y calzado. Pero no con lo que esté a la mano o con lo que sea. No. El padre es específico y dice que traigan lo mejor de cada cosa, la mejor prenda, el calzado y además un anillo. Ordena que se mate una ternera, la mejor y que se inicie el banquete. ¡Cómo no celebrar si este hijo a vuelto a la vida!

No faltará quien piense que el padre exageraba al decir que el hijo estaba muerto y ha renacido. Pero no es así, no es ninguna exageración. La desobediencia a los consejos de los padres conduce a sufrimiento. Esto lo vemos en la sociedad, es cosa de todos los días. La Palabra de Dios aconseja: “Escucha, hijo mío, la disciplina de tu padre, y no abandones la ley de tu madre”. Pero Jesús visualiza una forma de estar muerto aun más dañina. Esa es la muerte en sentido espiritual. Recordemos que el hijo le dijo a su padre: he pecado contra Dios y contra ti. El hijo con esta frase deja muy claro que su padre lo educó también en sentido espiritual. Así que al padre más que otra cosa, lo que le preocupa es la cuestión espiritual de su hijo. Por eso el padre al ver a su hijo, no puede más que alegrarse, pues ese hijo verdaderamente ha vuelto a la vida.

El versículo 25 nos hace saber que el hijo mayor trabajaba en el campo. Cuando volvió de esta labor escuchó la música, preguntó a un sirviente sobre la razón de la fiesta. Éste le dijo que su hermano había vuelto y que su padre, contento por lo mismo, había decidido celebrar. El hijo mayor se enojó por la acción de su padre. Se enojó tanto que hasta su padre prácticamente le rogó que entrara.

Cuando se habla de esta parábola se habla mayormente de la vida disoluta del hijo menor, pero se desatiende la situación no menos grave del hijo mayor. Los pecados del primero eran más que evidentes: borrachera, fornicación. Pero los del segundo eran la soberbia y el orgullo. Pensaba que él era merecedor de todo, pues siempre había hecho cuanto le había mandado su padre y éste no se lo había reconocido. Como Jonás cuando Jehová lo envía a anunciar la condenación de los ninivitas, este hijo se siente en un escalón moral por encima de su hermano. Quizá hasta haya pensado que su hermano, tan sumergido en el pecado como estaba, no tenía remedio. Jonás lo pensaba de los ninivitas, por eso se molestó cuando supo que Jehová había “escuchado” sus lamentos y les daría otra oportunidad. En este hijo podemos ver un dejo de fariseísmo. Ellos se sentían escrupulosamente observantes de la ley. Era como si siempre “hubieran obedecido al padre” de la parábola. Aquí se ve el dilema de la ley o la fe y la gracia. No es que la ley no importe. Pero de nada vale cumplirla si se hace por deber, sin amor ni compasión. El hijo creía que todo lo merecía porque él siempre hacía… estaba en el error. Su padre lo ama no por lo que hace, sino porque es su hijo. Así nuestro Padre celestial: nos ama no por lo que hacemos, sino porque somos su creación. A nosotros nos corresponde esforzarnos por entender ese amor y vivir en armonía con él.

Pero volvamos al relato.

El hijo increpa al padre. “¡Ahora que vuelve ese hijo tuyo, después de malgastar todo tu dinero con prostitutas, matas para él el ternero más gordo!”. Nótese la soberbia del hijo mayor: tu hijo.  No dijo mi hermano, no. Dijo tu hijo, de modo despectivo. Quizá lo considera moralmente tan bajo para nombrarlo hermano.  De la abundancia del corazón habla la boca, dice la Biblia y este hijo muestra su única preocupación: el bien material despilfarrado. No pregunta si su hermano está bien. A él solo le importa el capital perdido. El padre entonces le hace ver que todo cuanto él tiene le pertenece pues ha sido obediente y leal. Pero su hermano está vivo de nuevo y eso es digno de celebrar.

Aquí de nuevo Jesús nos da una enseñanza mayor: a los que cumplen la ley se les da lo que se les ha prometido, no por mérito sino por gracia, pero antes deben ser capaces de sentir amor y mostrar misericordia. Los escribas y fariseos estudiaban la ley y la cumplían, pese a esto Jesús les profetizó que su casa les sería quitada. La razón: la dureza de corazón.

Conclusión

Con esta parábola, Jesús muestra a los fariseos y a los doctores de la ley que es más importante para Dios un pecador que se arrepiente que un grupo que se siente justo.  De hecho la Biblia dice que hay alegría en el cielo cuando un pecador se arrepiente.

Fuentes:

30 nov.. 1980, http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30111980_dives-in-misericordia.html. Se consultó el 16 mar.. 2017.

http://vidaesperanzayverdad.org/cambio/arrepentimiento/el-hijo-prodigo-una-parabola-con-un-significado-que-se-pasa-por-alto/. Se consultó el 16 mar.. 2017.

27 ene.. 2015, https://directors.tfionline.com/es/post/parabolas-de-jesus-el-padre-y-los-hijos-perdidos/. Se consultó el 16 mar.. 2017.

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2c1p2_sp.html. Se consultó el 16 mar.. 2017.

5 may.. 2013, https://www.jw.org/es/publicaciones/revistas/w20130515/comun%C3%ADquense-con-amor/. Se consultó el 16 mar.. 2017

 

Ejercicios teológicos

La teología no es otra cosa que el estudio de Dios. La palabra teología es de origen griego “θεος” o “theos” que significa “Dios” y “λογος” o “logos” que expresa “estudio” o “razonamiento”, en consecuencia, significa el estudio de Dios y de los hechos relacionados con Dios. La Biblia nos dice que Dios no tiene principio ni fin, el hombre estudia esas cosas de Dios a partir de que el hombre mismo fue creado. Sabemos de Dios solo una pequeña parte de todo lo que Él nos ha querido decir por medio de Su revelación en la Biblia. La teología indaga, analiza, razona. Se vale de otras herramientas como la exégesis, la hermenéutica, incluso la dialéctica para llegar al núcleo, al corazón mismo de lo que Dios nos quiere comunicar.

Los ejercicios teológicos que irán apareciendo en este blog se centrarán en las principales parábolas de Jesús. El hijo pródigo, el buen samaritano,  la de los talentos, etc. Y por último un ejercicio sobre el llamado “sermón de la montaña”.

La razón de hacer estudios sobre las parábolas es porque ellas guardan siempre enseñanzas “ocultas” como perlas. Las parábolas fueron la forma más sencilla y práctica que Jesús utilizó para hacer llegar a su auditorio grandes y profundas enseñanzas. Son fáciles de entender por todo tipo de personas, sin importar el nivel educativo o cultural. Para el que no es estudioso de la Palabra de Dios, una parábola deja un buen mensaje al final. Para el que escudriña la Escritura es un cúmulo de aprendizaje cristiano. Hay que advertir que Jesús también empleó alegorías. Así que además de las parábolas, tenemos alegorías y parábolas que también son alegorías. Las parábolas también son útiles para entender cuestiones como las de qué es lo importante: la ley o la fe. No pocas veces los fariseos y los doctores de la ley, buscaron entrampar a Jesús. Las parábolas también fueron una forma de rebatir sus malos razonamientos.

Estos contenidos han sido producto de muchas horas de estudio, investigación, reflexión y razonamiento, el único propósito para estos documentos es que sean provechosos para hombres y mujeres que como dijo Jesús “tienen conciencia de su necesidad espiritual”.

Los ejercicios teológicos serán publicados a razón de uno por semana. Se pueden leer así, directamente o con la ayuda de una copia de la Escrituras.

Algunas de las traducciones que han sido empleadas para estas investigaciones son:

Biblia de Jerusalén

Biblia Hispanoamericana versión interconfesional

Reina Valera 1960

Reina Valera Contemporánea

La Biblia de Nuestro Pueblo

Traducción del Nuevo Mundo

Traducción en Lenguaje Actual

Fuentes:
https://www.significados.com/teologia/. Se consultó el 17 mar.. 2017.

Compra la verdad y no la vendas

El libro de Proverbios nos da un consejo sumamente sabio: compra la verdad y no la vendas.

Reflexionemos un poco acerca de este consejo. Primero: ¿qué es la verdad? La verdad es la palabra de Dios, la Biblia, su mensaje razonado y aplicado. La verdad se debe vivir, no sólo conocer o explicar. Segundo: comprar la verdad. Si la verdad “se vende” cuál es su precio. No es de ningún modo monetario, como muchos erróneamente lo entienden y amasan riquezas al lucrar con la publicación de la Biblia y otros libros. No. El único precio que podemos pagar por esa verdad es nuestra vida. Por eso cuando compramos la verdad damos nuestra vida a Jehová para que sea Él quien la dirija. Cuando nos dedicamos a Jehová ya hemos pagado el precio de la verdad. Tercero: NO vendamos jamás la verdad que hemos comprado.

En este sistema inicuo hay un sin fin de formas de “vender” nuestra verdad. Pero de algo podemos estar seguros: todas esas formas provienen de Satanás. Proverbios 11:18 dice que el inicuo obtiene salario falso. Ese salario lo paga el diablo y aunque pueda parecer en un principio atractivo, la realidad es que nos conduce a la muerte.

Sn duda sería muy tonto de nuestra parte vender la verdad que conduce a vida eterna por algo vano de este mundo y que nos conduce a la muerte.

Carta a los Romanos (algunos puntos sobresalientes cap 1 a 4)

Romanos 1:17  Pablo dice que el justo vive por la fe. Es decir, vive para persistir en aquello que ha conocido. La palabra hebrea para fe es emunah que significa sostenerse.

 

Romanos 2:1-5 Pablo exhorta a los que se colocan en una posición de superioridad con relación a sus hermanos en la fe, a que si los juzgan, tengan cuidado en cómo lo hacen, pues su juzgar no los exime de ser juzgados por Dios. Por el contrario: a ese que juzga a los demás, Pablo le advierte: “al juzgar te condenas a tí mismo”.

 

Romanos 2:17-24  Pablo al decir: “a los que están educados en la ley”, se refiere a los principales, a los que llevan la delantera; a los que dan guía a la congregación. Los amonesta ante una posible doble moral. Jehová no ve bien que aquél se para ante la congregación y la exhorta y juzga, si es necesario, no de el ejemplo de un comportamiento cristiano.

Romanos 2:28, 29 Pablo resalta la importancia de las cualidades internas del cristiano, que son las que ve Jehová, por encima de las externas, que son las que juzga el hombre. Sin duda, es reconfortante saber que la alabanza del que se ocupa del interior, proviene de Dios y no de los hombres.