El fariseo y el recaudador de impuestos

El siguiente ejercicio teológico está basado en la llamada Parábola del Fariseo y el Recaudador de Impuestos, que aparece en el evangelio de Lucas, capítulo 18 versículos del 09 al 14.

Una primera mirada a esta parábola

En esta parábola tenemos a dos personajes centrales: el fariseo y el recaudador de impuestos. Dos polos opuestos, nada tan contrario y enfrentado como la personalidad de estos dos personajes. Ambos dentro del templo, que es la casa simbólica de Dios en la tierra. Esto quiere decir que han acudido a la observación y al juicio de Él. A ojos y entendimiento humanos, ya sabemos cuál, a nuestro juicio, será recompensado y cuál merecerá reprensión. Pero Jesús quiere que los presentes no se limiten al razonamiento humano, sino que sean capaces de vislumbrar el amor, la gracia y la bondad de Dios.

Desarrollo del relato

Antes de adentrarnos en el relato, es conveniente que definamos bien lo que era un fariseo y un recaudador de impuestos. Un fariseo en el primer siglo era un miembro del partido judío del mismo nombre, que en hebreo significa “separar”. Así, podemos entender que estos hombres se “separaban” del resto de los judíos para el servicio a Dios, que comprendía el estudio de la ley, su interpretación y la enseñanza y explicación de la misma en las sinagogas. Los fariseos eran el partido dominante y esto hacía que su manera de interpretar la ley predominara entre el pueblo judío. Cabe señalar que los fariseos eran sumamente ortodoxos en su defensa de la ley. Por otro lado, los recaudadores de impuestos eran personas consideradas como sumamente pecadoras. Llevaban una vida de excesos, se emborrachaban, convivían con prostitutas y gentiles. Puede entenderse que incumplían prácticamente todos los mandamientos de la ley. Pero había algo más: los recaudadores de impuestos servían al imperio romano que tenía bajo su dominio a los judíos, luego entonces estos personajes eran vistos como traidores.

Quizá en el momento en que Jesús está hablando hay doctores de la ley presentes, o simplemente personas escrupulosas, porque Lucas advierte que a ellos es a los que dirige esta parábola. La Nueva Traducción Viviente dice que estas personas no solo se sentían demasiado justas, sino que además menospreciaban a los demás. Pensaban que como ellos no se hallaban pecado alguno, tenían el derecho de ponerse un peldaño arriba moralmente hablando y desde esa superioridad ver con desprecio a los demás.

Jesús relata que dos hombres entraron al templo de Dios a orar. Los dos se apartan del resto de los presentes, pero por razones muy distintas. El fariseo lo hace desde la soberbia, lo hará notar en las frases de su oración. El recaudador de impuestos en cambio, se aparta porque se siente “sucio”, no merecedor de estar allí. Es tanta la pena de este hombre, que mientras ruega a Dios por compasión, no levanta la mirada. En cambio el fariseo tiene el pecho erguido, y el rostro arriba, tanto que le ha permitido observar al auditorio y al recaudador de impuestos. En ese mirar se ha comparado con todos ellos y a su juicio, se ha calificado con mejor nota que todos ellos. ¡Y cómo no iba a ser así! si él no engañaba, no pecaba y no cometía adulterio, como sí lo hacía el recaudador de impuestos. Además de que ayunaba, muy distinto a las conductas glotonas del otro. También daba su diezmo de forma puntual. Como puede verse, este hombre no se asumía pecador ni digno de compasión. Este hombre agradecía por estar libre de pecado. El recaudador en su dolor golpeaba su pecho, seguramente lloraba mientras pedía misericordia, pues se sabía pecador. No enumeró las cosas que había hecho mal, porque sabía perfectamente que Dios ya conocía todas estas cosas, por eso venía a pedir perdón. Jesús culmina el relato diciendo que este recaudador de impuestos es el que fue justificado por Dios y no el fariseo. Sabiendo este veredicto ¿podríamos concluir que Dios acepta el pecado?

La respuesta es un contundente no. Dios no se contenta con el pecado, pero tampoco es lo más importante para Él, como tampoco lo es el observar la ley de la manera en que este fariseo lo hacía. La clave la da Jesús cuando dice que el que es humilde y se humilla ante Dios es el que será justificado por Él. El fariseo fue aprobado por Dios porque reconoció sus debilidades y pidió perdón a Dios. No soy digno de estar ante ti, dijo este hombre y conmovió el corazón de Dios. En cambio el fariseo no fue humilde ni fue capaz de mostrar sentimiento alguno a Dios.

Conclusión

Los cristianos muchas veces pensamos que si observamos la ley “seremos merecedores de la vida eterna”. Nos olvidamos de la gracia de Dios y del sacrificio redentor de Jesús. Cierto es que este rescate no nos da carta abierta para pecar, de hecho, hacerlo deliberadamente no estaría demostrando que amamos a Dios. Pero no está en la obediencia de la ley ni en el esfuerzo humano la salvación. Nada de lo que hagamos nos hace merecedores de nada, porque no somos quienes nos otorgamos la salvación, sino Dios en su bondad. Pensar otra cosa es, como decía Pablo, asumir que no necesitábamos a Jesús y que éste murió en vano.

Los cristianos debemos ser humildes como Jesús y ser felices haciendo la voluntad de Dios, pero por amor y no por obligación, no como un deber, nunca como costumbre. Deberemos evitar a toda costa mirar a los demás con el desprecio que lo hacía el fariseo. Como vimos, la separación del fariseo fue muy distinta  de la del recaudador de impuestos. Hoy esta separación también puede darse. Vemos lo que se “separan” para abnegadamente servir a Dios, para atender enfermos o cuidar huérfanos. Esta separación es positiva, llena de humildad. Pero también hay separaciones un tanto farisáicas. Por ejemplo, si pensamos que nuestra religión es la única y verdadera, nos estamos separando de todos aquellos que confiesan a Cristo como salvador, toda vez que Jesús no estableció religión alguna sino un modelo de fe. Este tipo de separaciones no excluye de la convivencia con otros y además nos priva de enriquecernos del conocimiento y experiencias de otros. Los cristianos debemos tener muy presente siempre que no seremos justificados por nosotros sino a pesar de nosotros. Aquellos que se separan de sus hermanos, porque piensan que “no son tan correctos como ellos”, en realidad están dividiendo la casa de Dios. Pensar que somos el único conducto de Dios es fariseismo puro.

Traducciones:

Nueva Traducción Viviente

Reina Valera Contemporánea

Biblia Hispanoamericana Interconfesional

Referencias

The Free Encyclopedia. (n.d.). Retrieved March 22, 2017, from http://wikipedia.com/

Read the Bible. A free Bible on your phone, tablet, and computer. (n.d.). Retrieved March 22, 2017, from http://bible.com/

Sitio oficial de los testigos de Jehová. (n.d.). Retrieved March 22, 2017, from http://jw.org/es

Ejercicios teológicos

La teología no es otra cosa que el estudio de Dios. La palabra teología es de origen griego “θεος” o “theos” que significa “Dios” y “λογος” o “logos” que expresa “estudio” o “razonamiento”, en consecuencia, significa el estudio de Dios y de los hechos relacionados con Dios. La Biblia nos dice que Dios no tiene principio ni fin, el hombre estudia esas cosas de Dios a partir de que el hombre mismo fue creado. Sabemos de Dios solo una pequeña parte de todo lo que Él nos ha querido decir por medio de Su revelación en la Biblia. La teología indaga, analiza, razona. Se vale de otras herramientas como la exégesis, la hermenéutica, incluso la dialéctica para llegar al núcleo, al corazón mismo de lo que Dios nos quiere comunicar.

Los ejercicios teológicos que irán apareciendo en este blog se centrarán en las principales parábolas de Jesús. El hijo pródigo, el buen samaritano,  la de los talentos, etc. Y por último un ejercicio sobre el llamado “sermón de la montaña”.

La razón de hacer estudios sobre las parábolas es porque ellas guardan siempre enseñanzas “ocultas” como perlas. Las parábolas fueron la forma más sencilla y práctica que Jesús utilizó para hacer llegar a su auditorio grandes y profundas enseñanzas. Son fáciles de entender por todo tipo de personas, sin importar el nivel educativo o cultural. Para el que no es estudioso de la Palabra de Dios, una parábola deja un buen mensaje al final. Para el que escudriña la Escritura es un cúmulo de aprendizaje cristiano. Hay que advertir que Jesús también empleó alegorías. Así que además de las parábolas, tenemos alegorías y parábolas que también son alegorías. Las parábolas también son útiles para entender cuestiones como las de qué es lo importante: la ley o la fe. No pocas veces los fariseos y los doctores de la ley, buscaron entrampar a Jesús. Las parábolas también fueron una forma de rebatir sus malos razonamientos.

Estos contenidos han sido producto de muchas horas de estudio, investigación, reflexión y razonamiento, el único propósito para estos documentos es que sean provechosos para hombres y mujeres que como dijo Jesús “tienen conciencia de su necesidad espiritual”.

Los ejercicios teológicos serán publicados a razón de uno por semana. Se pueden leer así, directamente o con la ayuda de una copia de la Escrituras.

Algunas de las traducciones que han sido empleadas para estas investigaciones son:

Biblia de Jerusalén

Biblia Hispanoamericana versión interconfesional

Reina Valera 1960

Reina Valera Contemporánea

La Biblia de Nuestro Pueblo

Traducción del Nuevo Mundo

Traducción en Lenguaje Actual

Fuentes:
https://www.significados.com/teologia/. Se consultó el 17 mar.. 2017.

La justicia de Dios, según Marx

Podemos seguirle el juego a Marx y los marxistas. Hacer como ellos dicen y quitar esa “helenización”  de la que fue presa el cristianismo. También podemos emplear la dialéctica para ir descubriendo las huellas de lo que es el propósito de Dios, sus razones.

Si lo hacemos, iremos reconociendo a un Dios que en todo momento se apiada del pobre, del oprimido. Desde el pueblo hebreo liberado de la esclavitud egipcia, hasta el retorno de los cautiverios diversos, y hasta la promesa de un reino de justicia venidero. A través de toda esa historia bíblica se nos muestra además un Dios muy activo, que obra en favor de los suyos. Este Dios es muy distante, sin duda, del Dios helenizado, providencial, cuyos “caminos son inescrutables”. 

Pero la cosa no es tan sencilla de hallar, como todo lo que vale la pena, hace falta trabajo, esmero. Porque habrá que hacer exégesis, hermenéutica, dialéctica, para ir labrando ese conocimiento que será teología. 

Porque las justicia de Dios, la real, no es que vendrá y pondrá castigo al que lo merece. Como si mereciéramos un castigo por una imperfección de la que no somos culpables, que la heredamos gracias a la desobediencia de otros. No. Esa no es la justicia de Dios. La justicia de Dios es la que hace “suelos” parejos y elimina los abusos; la que quita a los humanos el deseo egoísta y los ayuda a entender que el semejante, al ser creación de Dios, como él mismo, es su hermano, parte de él, por esa razón. 

Por eso vino Cristo a la tierra a anunciar el Reino de Dios… y su justicia. Y ambos, Reino y justicia, fueron declarados al pobre, al de espíritu y al hambriento. Pero para que este Reino venga, antes tiene que reconciliarse la humanidad, perdonarse y amarse. Esto es lo que enseñó Jesús. No el que yace triste en cada imagen que la tradición venera. Sino el Jesús a “ras de tierra”.  El humano impetuoso, el  decidido, sabedor de que es portador de la misión más noble y generosa. La ecuación es fácil de entender : la humanidad se ama, Cristo la ama por ello, y Dios porque su hijo la ama, también la ama.

Nadie viene al Padre, si no es por mí, advirtió Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles nos narran que al inicio del cristianismo, los hombres, mujeres y niño de la nueva fe, se juntaban para compartir lo que tenían. Pero iban más allá. Los que tenían posesiones, las vendían y ese dinero era repartido para que nada tuviera carencia. Cada quien saque sus conclusiones si eso pudiera ser catalogado en nuestros tiempos como una especie de marxismo o no.

El marxismo, sus técnicas de investigación y análisis deben emplearse como herramientas para investigaciones teológicas, porque nos ayudan a saber cómo eran los tiempos pasados, en sentido económico, político, social, etc. No debe caerse en el error de verlo, como aquello que no es, como una religión. 

Cristo nos confronta

Por amor, Cristo nos levanta y sacude, nos atrae para él, nos sacude el letargo que tenemos como polvo alojado, esa pereza egoista del interés únicamente personal. Ya no seremos para nosotros, sino para él. No es que no nos importemos, claro, nadie puede amar a alguien más si no se ama antes a sí mismo. La diferencia está en que seremos capaces de amar a los demás y no solo a nosotros. Jesús ya no es ese hombre doliente que está muriendo a manos de los soldados romanos. No. Ya es el caudillo que está llevando a cabo la liberación más grande que nadie haya hecho jamás. Por eso con su voz nos confronta, hace que nos cuestionemos, qué fuímos, qué somos, qué seremos. ¿Dejaremos la comodidad de lo que creemos ganado? No se necesitan grandes riquezas para ser egoista. Se puede ser egoista si no se comparte un poco del único pan que tengamos.  También se es egoista si “escondemos el talento” y decimos: yo no le hago mal a nadie, soy un buen ciudadano, pago mis impuestos. Eso, sin duda, merece un reconocimiento por ciudadano ejemplar. Pero el ser cristiano implica muchas otras cosas, porque Cristo siempre es más. Quien se porta bien, lo hace porque así lo ordena la ley humana o si no va a la cárcel. Pero, puesto que Jesús no impone leyes, espera todo, sí, por amor, por amor resuelto y decidido. Amor valiente, que no se retrae, ni espera ocasión idónea. Todo momento, todo tiempo es el mejor. Dios ama en todo tiempo.

Cristo nos confronta para que nos demos cuenta de lo que somos y lo que podemos llegar a ser por medio del espíritu de Dios.

Fuimos liberados para amar en libertad.

Abusar de la fe

Mientras mi esposa y yo comprábamos unas cosas escuchamos una plática entre unos tenderos y una cliente. El diáologo iba más o menos así:

Cliente: la verdad, los que más ayudan son los mormones.

Tendero: Sí es cierto.

Cliente: Cuando uno va con ellos, luego luego le dan a uno una despensa. Como a las dos semanas va el obispo a la iglesia y te bautiza. Y te ayudan poniéndote un negocio. La verdad aquí sí conviene.

Tendero: Sí. Ellos soy muy distintos que los cristianos o los testigos de Jehová. Los católicos, esos de plano no dan nada. La verdad, los mormones sí ayudan.

Cliente: Sí. Y con ellos todo es más sencillo, no hay que estudiar mucho, todo te lo dicen más sencillo. Que hay que amar al padre celestial y ya.

Si este es el “método” de predicación de los mormones, no es de extrañar el gran crecimiento que han tenido en años recientes… el problema es que no predican el evangelio de Cristo sino el de Mammón, el dios de la riqueza, del materialismo. Un predicador mayormente debe brindar el mensaje de esperanza y consuelo de Cristo, si está en su mano y la persona lo requiere -que esté en situación precaria- deberá brindar alimento o cualquier otro tipo de ayuda… pero debe saber discernir el predicador si la persona tiene interés en su predicación o solo en el bien material. Como lo hizo Cristo cuando percibió que la multitud solo lo seguía porque los alimentaba. Cuando los notó hambrientos, claro que los alimentó, pero al ver que su interés era meramente material, se apartó de ellos.

No solo el que posee riquezas cae en la trampa del materialismo, también lo puede hacer el pobre que ve en las religiones una forma de obtener ganacias.

También las iglesias caen en un error grave al poner por delante de su predicación los bienes materiales. Cristo no prometió riquezas al que lo siguiera, sino una nueva vida. Estas iglesias que anteponen lo material, en realidad se parecen más a un partido político, ansiosos por tener más militantes. Estas iglesias por más que digan que su mensaje es el de Dios, no hacen más que evidenciar que sus intereses son bastante terrenales, desean poder. El camino de la salvación es angosto. Qué diferente.

Sobre la misericordia y como esta debería ser desligada de la predicación, me referiré en otra publicación

Elogio de la sencillez

¿Cómo debería ser la vestimenta de los predicadores? Imaginemos cómo sería la de Cristo y sus discípulos. Jesús, hijo de carpintero y sus discípulos, pesacadores, pastores, etc. Sin duda, el atuendo era sencillo. Y esta sencillez crsitiana contrasta con las vestimenta de algunos predicadores de nuestros tiempos.

Si lo importante es el mensaje, la ropa no debería sobresalir más que el evangelio que pretendemos comunicar. La labor del predicador es traer a la imaginación del público las palabras de Cristo, dichas hace casi dos mil años… pero de la misma manera sencilla y profunda que él lo hizo. Al final de cuentas a lo que aspiramos es a ser imitadores de Jesús. Muchas veces nos preguntamos por qué nuestra predicación no es tan efectiva, sabemos que algo nos falta, pero no sabemos qué. Pero le respuesta la tenemos tan cerca: nos falta sencillez. Así como un discurso lleno de palabras “cultas” se hace de difícil comprensión para la mayor parte de las personas, un atuendo ostentoso o demasiado formal creará una barrera o distancia entre el oyente y nosotros.

Hay muchas religiones que se empeñan en dar una buena impresión. Ponen como regla a sus miembros vestir de traje en sus actividades religiosas y en la predicación. Cuando se les pregunta la base bíblica para tal acción, responden que “no hay una base bíblica como tal, pero hay que dar una buena impresión”. Esta respuesta lleva algo de verdad y algo de mentira. La verdad está en que claro, somos portadores de la palabra de Dios y debemos hacerlo de forma digna. Pero la mentira está en que la dignidad dependa de nuestra ropa. Si así fuera, más de la mitad de los profetas del antiguo Israel quedaría desacreditado. El mismo Juan el Bautista, que era una especie de asceta, no calificaría para los altos estándares que estas religiones-corporaciones exigen de sus miembros.

Al menos en Latinoamérica, es difícil que el predicador trajeado, como si fuera gerente de algún banco o empresa multinacional conecte con la población sencilla de los países en vías de desarrollo. En un hombre trajeado, las personas del subcontinente no ven a un seguidor de Cristo, más bien identifican a un político -corrupto las más de las veces-, a un empresario, al cobrador, al banquero que nunca le dará un crédito… pero no al Cristo que caminó con los pobres, que alimentó a las muchedumbres hambrientas, que lavó los pies en gesto de humildad, que consoló al sufriente y rescató a la prostituta de ser apedreada.

Quizá algunos vean en estos predicadores trajeados a los miembros del Sanedrín, pulcramente vestidos, cuidadosos de su higiene hasta lo inconmensurable.

Las sandalias del pescador de hombres, llenas de polvo y gastadas, son contrarias a los mocasines bien lustrados de los predicadores trajeados.

La gracia, la llave de la libertad

Antes esclavos, ahora libres
Éramos esclavos, nuestras debilidades eran las cadenas, la imperfección el candado. Pero la bondad de nuestro Dios y el sacrifico de nuestro rey Jesús nos han liberado. Nosotros, los cristianos contemporáneos, no estamos obligados a cumplir la imposible -por perfecta- ley que se le dio a Moisés y a su pueblo Israel. De las tres llaves simbólicas dadas a Pedro, nos corresponde la tercera, que fue la de abrir la esperanza del Reino a los llamados gentiles, es decir, los que no eran ni judíos ni samarios. Los gentiles quizá fuimos idólatras, adúlteros, salteadores, ladrones, mentirosos, apostadores, borrachos, etc. Pero gracias al amor de Dios es que se nos hizo conocedores de esa bondad y la esperanza de ser limpiados y perdonados de todo cuánto pudimos haber hecho mal. Como dijo nuestro rey: conocerán la verdad, y esa verdad los hará libres.
A los judíos, a quienes mayormente iba dirigida la predicación de Cristo en la tierra, el Maestro dijo: les doy un nuevo mandamiento, que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado. Aquí está el núcleo del mensaje y labor de Cristo. No dijo que venía a reformar el judaísmo, tampoco dijo que su propósito era expandirlo por el mundo. No. Dijo: les doy un NUEVO mandamiento. Este mandamiento era el amor, a Dios primero y al semejante después. A partir de ese momento, bastaba con ejercer fe y comprender el gran amor que Dios tiene por su creación y, motivado, imitar su ejemplo: amar al prójimo. El que ama a su prójimo no le hace daño, ni lo envidia, no le declara la guerra. El amor, como dijo Jesús, resume la antigua ley y la labor de los profetas. Por amor escogió a un pueblo y lo liberó, le dio una tierra excelente en la cual morar y hacerse grande y próspero. Pero esto fue solo una pequeña muestra de lo que está por venir.
Cristo enseñó a un pequeño grupo que debía predicar las buenas nuevas -“el Reino de Dios se ha acercado”-, todo lo que habían visto y oído. Con la sencillez empleada por él. Su público fueron los pastores, pescadores y gente común. Aunque cuando fue necesario, también dialogó con personas eruditas en cuanto a la ley. Pero era esta sencilla forma de explicar conceptos profundos la que dejaba consternados a sus opositores y maravillados a los que prestaban atención. Si Cristo hubiera empleado el abrumador legalismo de sanedrín, su mensaje no hubiera sido muy diferente del que se escuchaba en las sinagogas o en el templo. Cristo siendo el hijo de Dios, se comportó como el más humilde de los hombres. Muy distinto del clero judío que se sentían príncipes y únicos depositarios de la verdad. A estos hombres de ropas elegantes y mirada altiva les parecía indignante que un hijo de carpintero fuera el llamado Mesías. Aún y cuando estos hombres dedicaban su vida al estudio de la Palabra de Dios, la realidad es que no entendían el mensaje ni el propósito Divino. Su soberbia les cegaba. Ponen cargas a los humildes, pero ni ustedes podrían soportar tales cargas, les dijo Jesús. Pero ¿a qué cargas se refería? No era a los impuestos, pues estos no los controlaba el sanedrín sino los romanos. Las cargas eran en sentido espiritual. Las autoridades judías hacían sus propias interpretaciones de la ley, a estas interpretaciones se les conocía como la ley oral. Esta ley oral iba mucho más allá de la ley escrita. Hacía más agravante la situación espiritual de los judíos, ´pues por más que lo intentaran nunca alcanzaban a satisfacer los cumplimientos de la ley. Además de la gran corrupción, favoritismo y simonía que existía en el clero judío. A eso se refería el Mesías cuando les dijo que imponían cargas -legales- que ni ellos mismos eran capaces de cumplir. No lo hacían, no lo cumplían, pero el pueblo judío no podía señalar esto, pues hacerlo suponía hacer un señalamiento a los “elegidos” de Dios. Cristo dijo en el sermón del monte: felices los pobres de espíritu -no porque fueran débiles o carentes de espiritualidad, sino porque los tenían en ayuno en este sentido-, porque ellos serán saciados. Así pues, tanto el judío como el samario o el gentil, están llamados a ser liberados de toda carga o imposición. Cualquiera que ponga fe en el sacrificio redentor, está libre y consentido para fulgurar en el Espíritu de Dios, por Su gracia.
II
El legalismo inhibe la fe
 
El apóstol Pablo en su Carta a los Gálatas menciona  que es inconcebible que un esclavo que ha sido liberado, vuelva a la condición de esclavitud por voluntad. Pero va más allá, dice que quien lo hace no está con Cristo, sino contra él, pues desconoce la necesidad del sacrificio redentor. No son nuestros esfuerzos por andar en rectitud los que nos harán justos, sino la misericordia, que es un don gratuito de Dios. Pablo hace un exhorto a los cristianos del primer siglo, que se hace extenso a nuestros tiempos, de que nos llenemos de ese amor y gracia y nos alejemos de la obsesión por cumplir la ley de un pacto que ha sido desplazado por el mandamiento del amor. El cristiano deberá alimentarse del conocimiento de Dios para así educar su conciencia y que está le señale lo que es correcto, pero sin olvidar que todo lo que tiene, mucho o poco, es gracias al amor de Dios. En esos que se obsesionan por cumplir los antiguos madamientos se nota un poco del espíritu de satanás, que pensaba que él no necesitaba a Dios, pues podía arreglárselas por él mismo, con sus propias acciones. Es el mismo argumento de los que se afanan en cumplir la ley. Pretenden que sus actos los hacen merecedores de algo, negando con ello la bondad inmerecida por parte de Dios. Los cristianos debemos tener presente siempre que todo es gracias a la misericordia divina.
Hay que decir que en nuestros tiempos esta libertad es predicada, pero no siempre ejercida en el interior de las congregaciones. El clero -ya sea declarado o de facto- domina hoy la vida de los creyentes igual o más que en el siglo primero lo hacía el sanedrín. El creyente se sienta frente al púlpito o plataforma y escucha que debe obedecer, ser sumiso, ser leal, no debe cuestionar. Casi le dicen que no debe pensar. Simplemente acatar. Pero cabe preguntarnos: ¿Para eso nos dio Cristo la libertad, para que fuéramos una especie de andriodes sin raciocinio? La respuesta contundente es NO. En el cristianismo vale la duda -un ejemplo son los bereanos, mencionados por Pablo-, la crítica, el desacuerdo. Puesto que todos somos hermanos y nadie está por encima de nadie pues todo clero o cuerpo gobernante que se erige no tiene fundamento bíblico, los desacuerdos son lógicos. Pero en una comunidad formada por cristianos maduros se entiende que haya diferencias y puntos de vista encontrados.. Pablo tuvo muchos desencuentros, sobre todo con Pedro y los cristianos judaizantes, pero no por eso los desconocía como sus hermanos en la fe. No. Él y ellos tenían muy presente que toda dádiva gratuita proviene de Dios y que la obra que ellos llevaban a cabo era de Cristo, único caudillo. Pablo y Bernabé decidieron en algún momento tomar caminos distintos, por una diferencia de opinión, pero siempre tuvieron muy presente que eran hermanos en la fe.
Pero volvamos a la cuestión. Al cristiano casi se le dice no pienses, nosotros lo hacemos por tí. Tu haces lo que te decimos y tienes la salvación asegurada. No importa si hoy te enseñamos algo y mañana otra cosa que se contradice, no importa porque tu solo debes asentir. Eso significa ser creyente, aceptar y ya. Al menos yo no quiero ser ese tipo de creyente. En mi conciencia sé, me queda muy claro, que si fuera  ese tipo de creyente pasivo, no le serviría a Cristo de ninguna manera. Jesús al hablar empleaba parábolas porque de esta forma todos los que lo escuchaban podrían quedarse con algo de su mensaje. Pero al final a sus discípulos les hacía preguntas sobre lo que había hablado. A veces no bastaba la respuesta simple, porque Jesús quería saber qué había en su corazón. Cuando él consideraba que ellos no habían razonado lo suficiente lo expuesto por él, les decía algo así como: ustedes deben esforzarse más por entender las cosas a mayor profundidad pues heredarán el Reino de Dios. Y el maestro tenía que explicar de nuevo lo que les había querido transmitir. Como cada cabeza piensa distinto, es lógico deducir que había diferencia de opiniones y se hacía el debate. Al final Cristo aclaraba las cosas para todos. Hoy no tenemos a Jesús en persona, pero sí la palabra de Dios. Las congregaciones no deben desalentar la diferencia de opinión, por el contrario, deben alentarla porque enriquece el ministerio y el conocimiento. Claro. Siempre la Biblia como fiel de la balanza.
El clero -el declarado y el de facto- tiene miedo de ver locales vacíos a pesar de que predica que angosto es el camino que conduce a salvación. Por eso controla de manera férrea a los creyentes, los domina y a veces asfixia con tanto legalismo. A los hombres le dice el tipo de mujer que han de elegir, el trabajo, el ocio, si puede usar barba o no. A las mujeres aún más, hasta el color de ropa que han de usar. Qué lejos está todo esto de la pequeña comunidad formada por Cristo y sus seguidores. Para los líderes modernos todo es apostasía, todo es rebeldía. Olvidan que Cristo no fundó religiones ni cotos de poder. Dijo: donde estén más de dos, allí estoy yo.
III
 
Libres para amar a Dios
 
Tuyos eran y me los diste. Le dice Jesús a su Padre en agradecimiento por haberle permitido compartir su ministerio con sus apóstoles, hombres sencillos e imperfectos.
Nosotros, los que hemos aceptado a Cristo en nuestra vida, tenemos esa misma condición. Somos de Cristo por gracia de Dios. No somos prisioneros de esa ley que esclavizaba a los judíos, nuestros pecados han sido limpiados por la sangre del cordero. Como dice Pablo en Gálatas: Jesús es la llave que nos ha puesto en libertad. Pero ¿qué hacer con esa libertad?
Lo que suele hacer un preso es aflojar el cuerpo un poco o salir a correr, alegre porque está de nuevo en libertad. Pues eso mismo, alegrarnos porque somos libres y más que eso, además se nos da el gran regalo de la vida. Si a un preso al recobrar su libertad, un benefactor le hubiera dado un gran tesoro, este preso hubiera, sin duda, preguntado por ese hombre tan bueno y hubiera querido conocerle para agradecerle.
Así nosotros, somos libres y ricos. Pero no es la nuestra la libertad del hijo pródigo, ni nuestra riqueza es material como para despilfarrarla. Nuestra libertad es para amar al Dios que no conocíamos y a nuestro Rey y caudillo, Cristo. Somos libres para ser felices y fulgurar en el Espíritu de Dios. Para que esa felicidad sea contagiosa y comunicante. Para compartir el pan con el que no lo tiene, para escuchar y consolar al que sufre. Para orar por el enfermo y por el preso. Seamos libres además, para sentarnos a platicar con el que no piensa como nosotros, abrazarlo como nuestro hermano que es y pedir la bendición para él.
Solo si amamos, conoceremos a Dios.

¿Por fe o por obras?

Uno de los primeros cismas que ocurrieron fue en el siglo I y se dio entre Pablo y los cristianos de la congregación de Jerusalén. Pablo argumentaba que la justifiación viene por la fe, que no es por obra humana alguna, pues si así fuera, entonces el hombre no necesita del sacrificio de Cristo para ser salvo. En cambio, por parte de los llamados judaizantes, es decir, los cristianos que aún se aferraban a respetar las leyes y tradiciones judías, como Santiago, la fe no bastaba, hacían falta las obras, “pues hasta los demonios creen que Dios existe”. Por parte de Pablo, las Cartas a los Gálatas y a los Romanos dan cuenta de su defensa de la fe y la gracia de Dios. Por parte de Santiago está la carta homónima.

Sin duda es un tema polémico para el mundo cristiano.

Jesús dejó muy en claro que él “siempre hacías las cosas que le agradaban a su Padre”, es decir, obras. Pero estas, ¿eran movidas por un profundo amor a Dios o por acatar alguna ley?

Nadie estaría dispuesto a dar su vida en sacrificio por cumplir una ley, en cambio, muchas personas hacen grandes sacrificios por aquellos que aman, sin que nadie se los exija. Aquí, el argumento de Pablo lleva un punto.

Pensemos en un ejemplo que todos conocemos. En las ciudades los gobiernos establecen reglamentos para proteger al peatón; colocan semáforos para que los automóvilistas se detengan para que los andantes puedan cruzar la calle. Aquel que no respeta el semáforo, es multado. Como siempre, hay quien acata las reglas y quien no. Pero desntro de los que lo hacen habrá quien lo haga convencido de que es lo correcto, en cambio habrá quien lo haga por fuerza y no por gusto. Para que haya orden, el gobienro pone leyes que todos estamos OBLIGADOS a cumplir. Si todos los ciudadanos tuviéramos amor hacia nuestros semejantes y entendiéramos el valor de la generosidad, no se necesitarían leyes ni reglamentos, pues todos haríamos los correcto movidos por amor. Estaríamos cumpliendo el segundo mandato de Jesús.

Santiago argumenta que también los demonios creen que Dios existe. El argumento es algo mañoso, pues no es lo mismo creer que tener fe. Pues aunque la fe implica creer, también conlleva tener convicción y confiar de manera firme. Eso no lo tienen los demonios. Ellos saben que Dios existe, pero no confían en él, como no lo hizo satanás, quien no confió en Dios, ni en la necesidad de adorarle. Santiago en su carta dice: Muestráme tu fe sin obras y por mis obras te mostraré mi fe. Aquí, aparte de un cierta petulancia, lo que puede notarse es un cierto desconocimiento de la gracia Divina. Dios ama primero, como escribió el apóstol Juan. Porque ama, generoso da a su hijo como sacrificio expiatorio por los pecados, para el que CREE en él no muera, sino que tenga vida eterna. Estas palabras son ciertas y contundentes. Como dice Pablo, si por las obras que haga, el hombra ganará su salvación, entonces Cristo vino en vano.

Los judíos hacían muchas obras… pero había un gran problema, carecían de amor sincero muchas de ellas. Lo hacían porque la ley así se los dictaba y cada que podían, burlaban esa ley. Esa ley los tenía esclavizados.

Como puede notarse, Santiago no dimensionaba ni discernía la gracia de Dios de la misma forma que Pablo. Le costaba separarse de la tradición Judía.

Cuando el amor de Dios toca el corazón de un hombre y Cristo entra en su vida y la transforma, éste se hace imitador de Jesús y el fruto del espíritu brota feliz. Entonces este “hombre nuevo” al igual que Cristo, procura hacer las cosas que alegran al padre. Siempre con gozo y no con imposición.

Un momento para alabar a Dios

Un hombre solo puede tener fe y confianza en Dios…pero no alabarlo.

Desde el principio de los tiempos ha sido el propósito de Dios que los hombres y mujeres le alabemos en comunión. Es decir, juntos, congregados. En el siglo primero aquellos 120 que se beneficiaron con el ungimiento por Espíritu Santo estaban congregados, alababan a Dios y fulguraban en espíritu por esta razón. A pesar de que eran perseguidos por aquellos que habían dado muerte a Cristo, se mantenían fuertes y animosos. Compartían el pan y la gracia de Dios.

Moisés y Aarón  fueron comisionados a presentarse ante el faraón de Egipto y que le hicieran saber que el Dios de Israel quería que le permitiera a Su pueblo, adorarle durante tres días en el desierto. La nación israelita, esclava en Egipto, era una gran congregación que alababa a Dios.

¿Qué espera Dios del cristiano actual? ¿qué le adore en secreto? ¿en silencio? ¿en su individualidad? ¡No!

Pablo exhorta a todos y todas a “continuar animándose al amor y a las obras excelentes. SIN DEJAR DE REUNIRSE, como algunos tienen por costumbre. Porque nos advierte que el día de Jehová está cerca”.

El congregarnos nos retroalimenta. Nos permite convivir con otras personas que comparten la dicha del sacrificio redentor de Cristo. Al congregarnos nuestra alabanza es completa.

Cuando oramos en privado, quizá damos gracias a Dios por un nuevo día. O pedimos perdón por un pecado o quizá pedimos ayuda por un enfermo. Cuando estudiamos la Biblia en estudio personal, aprendemos un poco más acerca de todo lo bueno que es Dios. Nuestra alabanza es cuando nos congregamos con nuestros hermanos en la fe y cantamos y oramos y escuchamos la palabra de Dios. En ese momento no pedimos nada para nosotros, ni para los nuestros, ni para los que tienen hambre en el mundo…No, porque en ese momento estamos amando y alabando a nuestro Dios. Y lo hacemos como el quiere: juntos, en armonía.

En la Jerusalén celestial los ángeles alaban a Dios todo el tiempo. Pero no están distantes, ni lo adoran en privado. Están congregados.

Sigamos el ejemplo de los “hijos de Dios”, los ángeles.

Compra la verdad y no la vendas

El libro de Proverbios nos da un consejo sumamente sabio: compra la verdad y no la vendas.

Reflexionemos un poco acerca de este consejo. Primero: ¿qué es la verdad? La verdad es la palabra de Dios, la Biblia, su mensaje razonado y aplicado. La verdad se debe vivir, no sólo conocer o explicar. Segundo: comprar la verdad. Si la verdad “se vende” cuál es su precio. No es de ningún modo monetario, como muchos erróneamente lo entienden y amasan riquezas al lucrar con la publicación de la Biblia y otros libros. No. El único precio que podemos pagar por esa verdad es nuestra vida. Por eso cuando compramos la verdad damos nuestra vida a Jehová para que sea Él quien la dirija. Cuando nos dedicamos a Jehová ya hemos pagado el precio de la verdad. Tercero: NO vendamos jamás la verdad que hemos comprado.

En este sistema inicuo hay un sin fin de formas de “vender” nuestra verdad. Pero de algo podemos estar seguros: todas esas formas provienen de Satanás. Proverbios 11:18 dice que el inicuo obtiene salario falso. Ese salario lo paga el diablo y aunque pueda parecer en un principio atractivo, la realidad es que nos conduce a la muerte.

Sn duda sería muy tonto de nuestra parte vender la verdad que conduce a vida eterna por algo vano de este mundo y que nos conduce a la muerte.