Cristo nos confronta

Por amor, Cristo nos levanta y sacude, nos atrae para él, nos sacude el letargo que tenemos como polvo alojado, esa pereza egoista del interés únicamente personal. Ya no seremos para nosotros, sino para él. No es que no nos importemos, claro, nadie puede amar a alguien más si no se ama antes a sí mismo. La diferencia está en que seremos capaces de amar a los demás y no solo a nosotros. Jesús ya no es ese hombre doliente que está muriendo a manos de los soldados romanos. No. Ya es el caudillo que está llevando a cabo la liberación más grande que nadie haya hecho jamás. Por eso con su voz nos confronta, hace que nos cuestionemos, qué fuímos, qué somos, qué seremos. ¿Dejaremos la comodidad de lo que creemos ganado? No se necesitan grandes riquezas para ser egoista. Se puede ser egoista si no se comparte un poco del único pan que tengamos.  También se es egoista si “escondemos el talento” y decimos: yo no le hago mal a nadie, soy un buen ciudadano, pago mis impuestos. Eso, sin duda, merece un reconocimiento por ciudadano ejemplar. Pero el ser cristiano implica muchas otras cosas, porque Cristo siempre es más. Quien se porta bien, lo hace porque así lo ordena la ley humana o si no va a la cárcel. Pero, puesto que Jesús no impone leyes, espera todo, sí, por amor, por amor resuelto y decidido. Amor valiente, que no se retrae, ni espera ocasión idónea. Todo momento, todo tiempo es el mejor. Dios ama en todo tiempo.

Cristo nos confronta para que nos demos cuenta de lo que somos y lo que podemos llegar a ser por medio del espíritu de Dios.

Fuimos liberados para amar en libertad.

Abusar de la fe

Mientras mi esposa y yo comprábamos unas cosas escuchamos una plática entre unos tenderos y una cliente. El diáologo iba más o menos así:

Cliente: la verdad, los que más ayudan son los mormones.

Tendero: Sí es cierto.

Cliente: Cuando uno va con ellos, luego luego le dan a uno una despensa. Como a las dos semanas va el obispo a la iglesia y te bautiza. Y te ayudan poniéndote un negocio. La verdad aquí sí conviene.

Tendero: Sí. Ellos soy muy distintos que los cristianos o los testigos de Jehová. Los católicos, esos de plano no dan nada. La verdad, los mormones sí ayudan.

Cliente: Sí. Y con ellos todo es más sencillo, no hay que estudiar mucho, todo te lo dicen más sencillo. Que hay que amar al padre celestial y ya.

Si este es el “método” de predicación de los mormones, no es de extrañar el gran crecimiento que han tenido en años recientes… el problema es que no predican el evangelio de Cristo sino el de Mammón, el dios de la riqueza, del materialismo. Un predicador mayormente debe brindar el mensaje de esperanza y consuelo de Cristo, si está en su mano y la persona lo requiere -que esté en situación precaria- deberá brindar alimento o cualquier otro tipo de ayuda… pero debe saber discernir el predicador si la persona tiene interés en su predicación o solo en el bien material. Como lo hizo Cristo cuando percibió que la multitud solo lo seguía porque los alimentaba. Cuando los notó hambrientos, claro que los alimentó, pero al ver que su interés era meramente material, se apartó de ellos.

No solo el que posee riquezas cae en la trampa del materialismo, también lo puede hacer el pobre que ve en las religiones una forma de obtener ganacias.

También las iglesias caen en un error grave al poner por delante de su predicación los bienes materiales. Cristo no prometió riquezas al que lo siguiera, sino una nueva vida. Estas iglesias que anteponen lo material, en realidad se parecen más a un partido político, ansiosos por tener más militantes. Estas iglesias por más que digan que su mensaje es el de Dios, no hacen más que evidenciar que sus intereses son bastante terrenales, desean poder. El camino de la salvación es angosto. Qué diferente.

Sobre la misericordia y como esta debería ser desligada de la predicación, me referiré en otra publicación

Fe no es encubrimiento

Me traicionaría a mí mismo si no denunciara las injusticias. – Moseñor Luis Alberto Luna Tobar.

La única razón por la que un cristiano debería desobedecer a las autoridades seglares es porque estas se opongan a la labor de evangelización. Así lo explica de forma clara el apostol Pablo. Cuando no es así, los creyentes estamos obligados a respetar a los gobernantes y las leyes, pues, como dice el apóstol, estas autoridades existen para que haya un orden, así sea relativo.

Pero muchas veces las religiones se vuelven una especie de clanes en los que su clero -ya sea el declarado o el de facto- pide secrecía… hasta cuando hay delitos cometidos. Convencen a los creyentes de no denunciar ante las autoridades, porque eso es “ir contra Dios” pues ellos son los representantes de Él en la tierra. Al menos eso es lo que ellos dicen. Como receta para el agravio estos líderes recomiendan el perdón, rezar u orar mucho y todo dejárselo a Dios. Pero hacer esto, es muy grave… además de cometer el delito de encubrimiento.

En las últimas décadas se ha sabido en todo el mundo de casos de abuso sexual cometido contra niños y niñas dentro de las diversas religiones. Hechos sin duda aberrantes, que nada bajo ninguna circunstancia se justifican.

Los medios de comunicación han dado cuenta de estos abusos y de las cantidades millonarias que han tenido que pagar las distintas confesiones religiosas como reparación del daño y por haber encubierto a los pederastas. Católicos, evangélicos, testigos de Jehová, nadie se salva, todos han encubierto a agresores de niños. Por distintas razones: algunos por evitar el escándalo, otros por temor a que dismminuya su feligresía, unos más por pensar que es un ataque del César a su obra evangelizadora.

La realidad es que nadie debería pasar por este tipo de cosas y menos en los espacios que se suponen sirven para hacernos mejores personas. Pero si suceden, debemos denunciarlos, sin demora, sin titubeo, porque, y esto nos debe quedar muy claro, no debe permitirse nunca. Además, no es a nuestro hermano a quien acusamos, sino a un pederasta. A “un lobo con piel de oveja”. A un ser deleznable que no es capaz de caer en cuenta del irremediable daño y trauma que le causa a lo más pequeños del Reino de Dios. No importa si es obispo, sacerdote, párroco, pastor, anciano, siervo ministerial, cardenal. Al qe abuse, hay que denunciarlo.

Nadie es deleal a Dios por denunciar a un humano, pues los actos delictivos no los comete Dios sino el hombre, que merece castigo.

Fe no es encubrimiento.

La fe por delante

Los llamados patriarcas bíblicos eran hombres sencillos, que no estaban vinculados con la liturgia ni el burocratismo de religión alguna. Su relación con Dios no pasaba por el filtro de algún líder espiritual humano, que hiciera la labor de mediador. En el caso de Abrahan, que fue considerado “amigo por Dios”, la relación fue tan viva y estrecha que hasta hubo una promesa por parte de Dios: que Abrahan sería el padre de una descendencia que viviría de forma eterna. Con esta descendencia se restauraría el propósito Divino que fue truncado por el egoísmo de Satanás y Adán.

Los patriarcas tenían algo en común: la fe. En el caso de Abrahan, creyó en las palabras de Dios y dejó su tierra, Ur, para hacer un viaje larguísisimo junto con su esposa y empleados y parientes, a una tierra desconocida e incierta. NO cabe duda que se requería mucha fe para dejar la comodidad y la seguridad de tu casa y emprender el viaje por esos caminos peligrosos y desconocidos.

Otro patriarca bíblico fue Job. De éste dice Jehová satisfecho que “no había otro como él en la tierra”. Job fue puesto a prueba por Satanás, pero él no sabía que el sufrimiento era causado por el demonio. Dios ha dado, Dios ha quitado. Bendito sea Dios, dijo y se mantuvo firme en su adoración a Dios, soportando todas las pruebas y el dolor. Sin duda, se requería una fe grande.

Sin duda, estos patriarcas son un ejemplo para todo el nacido en Cristo. La fe es el epicentro de la relación con DIos y su hijo.

La fe es creer, pero también mantenerse en esa creencia. Para ello hacen falta muchas cosas. Como conocer cada vez más de Dios y sus propósitos. Establecer una relación constante y cercana con el Creador.

La fe debe ir por delante en cada cosa que hagamos. Solo así el cristiano “honra a Dios con sus cosas valiosas”.

Lo que su consejero espiritual -quizá- nunca le dirá

No es extraño que en cualquier iglesia o lugar de adoración la gente ponga las manos en el pecho en signo de lamentación. Es el equivalente al rasgar las vestiduras que hacían los antiguos hebreos. En aquellos tiempos, rasgarse las vestiduras significaba lamentación y arrepentimiento. Sin duda era un momento lleno de sentimiento. Hoy también lo es, cuando vemos a alguien abrazar con devoción algún objeto religioso como un rosario o una cruz o un ejemplar de la Biblia. El drama está a la vista de todos. Pero ¿Será sincero este acto?

Dios que ve y escudriña los sentimientos más profundos e íntimos de todos no siempre lo cree así. Pongamos por ejemplo las palabras que dio al profeta Joel para que las hiciera del conocimiento del antiguo pueblo elegido: “…rasguen su corazón y no sus prendas de vestir…”

Puesto que el corazón al  que se refiere la Biblia es al simbólico y no al físico, Jehová espera de todos nosotros modestia, sinceridad y espíritu resuelto y no actos de dramatismo que estén a la vista de todos y que causen compasión de la gente, pero que resulten estériles al no ser sinceros.

Jehová desea que sean nuestros sentimientos los que vayan en armonía con su propósito.