La justificación

Me gusta volver a cada tanto al asunto de la justifiación porque creo que es la primera cosa que todo cristiano de nivel básico a intermedio -en cuanto a conocimientos-, debería conocer y, lo más importante, entender.

La justifiación es el epicentro del debate permanente entre las obras y la fe. Algunos defienden una postura y otros otra. La realidad es que no deberíamos estar desgastándonos en un tema que con un  poco de razonamiento y buen criterio, podríamos comprender y zanjar facilmente. ¿El creyente se salva por las obras o por la fe? Veamos.

El antiguo pueblo de Israel estaba  sujeto al pacto de la ley. Ese fue su acuerdo con Dios: mientras ellos cumplieran con sus mandatos, prosperarían como nación. Y así fue. Pero si dejaban de cumplir esa ley, Dios quitaría su protección de ellos y sufrirían, por la invasión de otras naciones, por hambrunas y sequías. Dios se “apartaría” de ellos por su infidelidad. Cabe agregar que el pacto de la ley había sido aceptado por la “entera asamblea”, no era individual. Y tampoco este pacto ofrecía la esperanza de la vida eterna.

Cristo dijo: les doy un nuevo pacto. ¿Cuál era ese pacto? El pacto del amor. Así de simple y de profundo a la vez. Este pacto convoca a todo aquel que así lo disponga a cambiar la forma de pensar. A entender que las cosas se pueden hacer por amor, por desinterés y NO movidos por la OBLIGACIÓN de una ley, que además era imposible de cumplir en su totalidad. Por eso Pablo decía y con sobrada razón, que esa ley “esclavizaba”.  Muy diferente y refrescante el nuevo pacto. El amor no impone nada, porque con el ejemplo enseña. Dios nos enseñó, nos enseña a amar. Cristo nos abre el panorama con su ministerio para poder comprender a plenitud hasta dónde puede llegar la bondad y la misericordia. Por eso cabe preguntarse ¿Si Dios y su hijo han hecho una gran labor en todo su amor por nosotros, qué más podemos hacer nosotros, pequeños hombres pecadores? La respuesta es contundente: NADA. No podemos hacer nada. De hecho, intentar o siquiera pensar que nuestras obras nos salvan, es desconocer al Cristo. Esto lo advierte Pablo en Gálatas y Romanos. La fe, la relación con Dios por medio de su hijo, el perdón de los pecados, la esperanza de vida eterna y la justifiación son por gracia. Y gracia significa GRATIS. Si las obras salvaran no hubiera habido necesidad de que Cristo viniera a ofrendar su vida. Por el contrario, puesto que el hombre no es capaz de solventar su vida por él mismo, es que necesita el rescate que el sacrificio de Cristo le ofrece. Pero como el agua del pozo en el que Cristo y la samaritana platicaron, nadie debe pagar nada… porque nadie tiene algo más valioso o que se equipare a la bondad de Dios y a la vida de su hijo.

Así que la justifiación, que no es otra cosa que aquel que Dios considera justo o de su agrado, no es por obra humana.

Claro y que nadie se confunda, que nuestras obras no se requieran para recibir esta gracia, no nos da carta abierta para hacer la maldad. Pues no estaríamos mostrando amor a Dios ni a nuestro prójimo. No. Es por ese amor y bondad  que nuestro corazón se transforma, que está dispuesto a cambiar a vivir ya no para sí, sino para servir a su Creador. Y que, como imperfecto que es, si peca, no se atormente, sino que se arrepienta y se sane y se ponga de pie nuevamente.  La carga de Cristo por medio del nuevo pacto es “suave y ligera”.

 

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Teología sobre la parábola del hijo pródigo

Teología sobre la parábola del hijo pródigo

 

Para el siguiente estudio se han empleado las traducciones: Biblia de Jerusalén, Traducción en Lenguaje Actual y La Biblia de Nuestro Pueblo. La parábola del hijo pródigo aparece en el evangelio de Lucas capítulo 15:11-32.

Introducción

La llamada Parábola del Hijo Pródigo es uno de los pasajes más hermosos de los que podemos hallar en el evangelio de Lucas. Nos ofrece una ilustración sobre el materialismo, la debilidad, el perdón y la redención. Además de una gran lección de amor. La misericordia —tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo— tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama agapé. Esta parábola ha sido empleada innumerables veces, incluso por personas que no manifiestan fe en Cristo, ya que es mucho lo que se puede extraer de ella.

Al inicio del capítulo 15 del evangelio de Lucas se nos muestra la situación bajo la que Jesús relatará la llamada Parábola del Hijo Pródigo: Los recaudadores de impuestos y los pecadores, en los que pueden caber desde los ladrones hasta las prostitutas, están atentos a escuchar lo que Jesús está a punto de decir. También hay entre el auditorio algunos fariseos y doctores de la ley. Pero estos no están expectantes a lo que Jesús dirá, sino más bien murmuran y se sorprenden porque Jesús atiende a pecadores y come con ellos. La acusación de los fariseos y los escribas preparó el escenario para tres parábolas (la tercera de ellas fue la del hijo pródigo), en las que Jesús les enseña a estas autoridades judías y a nosotros en la actualidad, cómo trata Dios con los pecadores.

Es de esta tercera parábola de la que nos vamos a ocupar.

Los personajes principales de este pasaje son tres: el padre, el hijo menor y el hijo mayor. Del padre se nos permite saber que era un hombre rico, de lo que se desprende que toda su vida había trabajado empeñosamente hasta acumular una gran riqueza, tan grande que aún y cuando el hijo menor le pide que le entregue la parte que en herencia le corresponde, el padre no queda en carestía. También podemos discernir que era un hombre muy generoso, pues los jornaleros tenían pan en abundancia, según leemos en el versículo 17. En el hijo menor vemos el ejemplo claro del hijo que fue educado con principios y consejos sabios -se notará esta educación cuando después del sufrimiento y el hambre, producto de su mala cabeza, vengan la pena y la culpa por haber fallado a su padre- y a pesar de ello, toma muchas malas decisiones. El hijo mayor fue educado al igual que el menor, con sabiduría y esmero. Se le enseñó a trabajar y a administrar la riqueza. Este hijo, aunque ha sido obediente y no ha hecho algo para que su padre sufra, sí tendrá que aprender una gran lección.

Jesús relata que un día el hijo menor se acerca al padre y le pide le entregue lo que le corresponde como herencia. El padre hace de acuerdo a lo que el hijo le pide. La respuesta del padre, que accede no solo a darle al hijo menor su parte de la herencia, sino también el derecho a venderla, debió de parecerles inconcebible a los que oyeron la parábola. Pero hay que decir que el padre era un hombre sabio y el hijo no era un niño o adolescente, aún y cuando se le trate en el relato como el “menor”. Aquí vemos dos cosas, la primera es que el padre confiaba en el hijo y en la forma en cómo lo había educado. Y segundo, el padre respetó el libre albedrío del hijo. Así que confiando en el buen juicio de éste, reparte la herencia. No lo cuenta Jesús, pero quizá el hijo tuvo una buena idea o negocio en el cual invertir esa herencia. Incluso el hijo pudo haberlo planteado al padre y éste creer que era una buena oportunidad. O quizá se dejó llevar por los consejos frívolos de falsos amigos. El caso es que este heredero va a un país lejano, en el que no hace otra cosa que despilfarrar la riqueza que le fue entregada. Este hijo insensato se olvida de su familia, de su padre y se dedica a andar en fiestas y borracheras, convive con prostitutas hasta quedar en la pobreza. Pero esta pobreza se hace más intensa porque al lugar en el que reside le viene una situación crítica. Lo que en estos tiempos conocemos como una crisis económica. Este hijo pasa, sin duda, por momentos muy tristes.  Aunque había trabajado, siempre lo había hecho en la propiedad de su padre. Ahora no le queda de otra, si quiere comer, tendrá que ir a buscar un trabajo, cosa difícil en un país en carestía.

El hijo halla el trabajo más humilde que puede haber: alimentar a los cerdos. Esta parte se presta para distintos significados. Hay que recordar que Jesús está hablando a un auditorio mayormente judío. Ningún judío comía cerdo pues la ley mosaica les enseñaba que era un animal impuro. El contacto con estos animales les era repugnante. Así que el tener este contacto con los cerdos, nos da a entender hasta qué grado había caído económica y moralmente este hijo. Al cuidar a los cerdos, siente envidia de ellos, así de impuros como son, porque al menos ellos tienen qué comer pues su amo dispone de empleados para que los alimenten. En cambio él, extranjero en esta tierra, no parece importarle a nadie. Si pasa hambre o frío, si siente soledad, nadie le da consuelo.

Es entonces cuando recuerda la vida que se vive en las tierras de su padre. Muy distinta a la de aquí, en la que todo es pobreza. Allá los jornaleros tienen más pan del que pueden comer. ¡Qué distinto a él!

Es así como toma la decisión de hacer el camino de vuelta, pero sabe que ahora es una situación distinta. Ha actuado de forma egoísta e imprudente. Sabe que su padre ha estado triste y preocupado todo este tiempo por él. El llamado hijo pródigo emplea una frase clave en el versículo 18: me pondré en camino a casa de mi padre. Para los cristianos volver  casa del Padre es reajustar la vida, alejarse del pecado, arrepentirse de esa vida y pedir perdón. Al designar a Dios con el nombre de “Padre”, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos. Es decir, es autoridad y amor a la vez. Por eso que el hijo diga “volveré a la casa de mi padre”, significa que aceptará el error, dejará de hacerlo, pedirá perdón y atenderá la amonestación… pero también, gustosamente esperará el abundante amor de parte del padre.

El padre, se nos dice en el relato, no espera a que el hijo llegue y pida perdón, no. El padre, al igual que el celestial, está presto a manifestar su amor, por una razón que más adelante se nos hace saber. No ha dicho una sola palabra el hijo, cuando el padre ya lo abraza y lo besa. Tanta bondad desconcierta al hijo, pero éste pide perdón a su padre por haber ofendido a Dios y a él. ¡Ya no merezco llamarme tu hijo! dice el hijo apesadumbrado.

Y justo aquí inicia la gran lección de amor que Jesús quiere comunicar.  La Traducción en Lenguaje Actual en los versículos 22-25 nos dice :

Pero antes que el muchacho terminara

de hablar, el padre llamó a los sirvientes y les dijo:

“¡pronto! Traigan la mejor ropa y vístanlo. Pónganle

un anillo, y también sandalias. ¡Maten el ternero más

gordo y hagamos una gran fiesta, porque mi hijo

ha regresado! Es como si hubiera muerto, y ha

vuelto a vivir. Se había perdido y lo hemos encontrado.”

Y comenzó la fiesta.

Para el padre amoroso siempre hay tiempo para recomponer las cosas. Lo más difícil ya está hecho, el hijo está aquí, de vuelta. Todo lo demás puede esperar. Ahora hay que reconfortar a este hijo. Hacerle saber que se le ama. Por eso el padre ordena que este hijo sea vestido y calzado. Pero no con lo que esté a la mano o con lo que sea. No. El padre es específico y dice que traigan lo mejor de cada cosa, la mejor prenda, el calzado y además un anillo. Ordena que se mate una ternera, la mejor y que se inicie el banquete. ¡Cómo no celebrar si este hijo a vuelto a la vida!

No faltará quien piense que el padre exageraba al decir que el hijo estaba muerto y ha renacido. Pero no es así, no es ninguna exageración. La desobediencia a los consejos de los padres conduce a sufrimiento. Esto lo vemos en la sociedad, es cosa de todos los días. La Palabra de Dios aconseja: “Escucha, hijo mío, la disciplina de tu padre, y no abandones la ley de tu madre”. Pero Jesús visualiza una forma de estar muerto aun más dañina. Esa es la muerte en sentido espiritual. Recordemos que el hijo le dijo a su padre: he pecado contra Dios y contra ti. El hijo con esta frase deja muy claro que su padre lo educó también en sentido espiritual. Así que al padre más que otra cosa, lo que le preocupa es la cuestión espiritual de su hijo. Por eso el padre al ver a su hijo, no puede más que alegrarse, pues ese hijo verdaderamente ha vuelto a la vida.

El versículo 25 nos hace saber que el hijo mayor trabajaba en el campo. Cuando volvió de esta labor escuchó la música, preguntó a un sirviente sobre la razón de la fiesta. Éste le dijo que su hermano había vuelto y que su padre, contento por lo mismo, había decidido celebrar. El hijo mayor se enojó por la acción de su padre. Se enojó tanto que hasta su padre prácticamente le rogó que entrara.

Cuando se habla de esta parábola se habla mayormente de la vida disoluta del hijo menor, pero se desatiende la situación no menos grave del hijo mayor. Los pecados del primero eran más que evidentes: borrachera, fornicación. Pero los del segundo eran la soberbia y el orgullo. Pensaba que él era merecedor de todo, pues siempre había hecho cuanto le había mandado su padre y éste no se lo había reconocido. Como Jonás cuando Jehová lo envía a anunciar la condenación de los ninivitas, este hijo se siente en un escalón moral por encima de su hermano. Quizá hasta haya pensado que su hermano, tan sumergido en el pecado como estaba, no tenía remedio. Jonás lo pensaba de los ninivitas, por eso se molestó cuando supo que Jehová había “escuchado” sus lamentos y les daría otra oportunidad. En este hijo podemos ver un dejo de fariseísmo. Ellos se sentían escrupulosamente observantes de la ley. Era como si siempre “hubieran obedecido al padre” de la parábola. Aquí se ve el dilema de la ley o la fe y la gracia. No es que la ley no importe. Pero de nada vale cumplirla si se hace por deber, sin amor ni compasión. El hijo creía que todo lo merecía porque él siempre hacía… estaba en el error. Su padre lo ama no por lo que hace, sino porque es su hijo. Así nuestro Padre celestial: nos ama no por lo que hacemos, sino porque somos su creación. A nosotros nos corresponde esforzarnos por entender ese amor y vivir en armonía con él.

Pero volvamos al relato.

El hijo increpa al padre. “¡Ahora que vuelve ese hijo tuyo, después de malgastar todo tu dinero con prostitutas, matas para él el ternero más gordo!”. Nótese la soberbia del hijo mayor: tu hijo.  No dijo mi hermano, no. Dijo tu hijo, de modo despectivo. Quizá lo considera moralmente tan bajo para nombrarlo hermano.  De la abundancia del corazón habla la boca, dice la Biblia y este hijo muestra su única preocupación: el bien material despilfarrado. No pregunta si su hermano está bien. A él solo le importa el capital perdido. El padre entonces le hace ver que todo cuanto él tiene le pertenece pues ha sido obediente y leal. Pero su hermano está vivo de nuevo y eso es digno de celebrar.

Aquí de nuevo Jesús nos da una enseñanza mayor: a los que cumplen la ley se les da lo que se les ha prometido, no por mérito sino por gracia, pero antes deben ser capaces de sentir amor y mostrar misericordia. Los escribas y fariseos estudiaban la ley y la cumplían, pese a esto Jesús les profetizó que su casa les sería quitada. La razón: la dureza de corazón.

Conclusión

Con esta parábola, Jesús muestra a los fariseos y a los doctores de la ley que es más importante para Dios un pecador que se arrepiente que un grupo que se siente justo.  De hecho la Biblia dice que hay alegría en el cielo cuando un pecador se arrepiente.

Fuentes:

30 nov.. 1980, http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_30111980_dives-in-misericordia.html. Se consultó el 16 mar.. 2017.

http://vidaesperanzayverdad.org/cambio/arrepentimiento/el-hijo-prodigo-una-parabola-con-un-significado-que-se-pasa-por-alto/. Se consultó el 16 mar.. 2017.

27 ene.. 2015, https://directors.tfionline.com/es/post/parabolas-de-jesus-el-padre-y-los-hijos-perdidos/. Se consultó el 16 mar.. 2017.

http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2c1p2_sp.html. Se consultó el 16 mar.. 2017.

5 may.. 2013, https://www.jw.org/es/publicaciones/revistas/w20130515/comun%C3%ADquense-con-amor/. Se consultó el 16 mar.. 2017

 

Ejercicios teológicos

La teología no es otra cosa que el estudio de Dios. La palabra teología es de origen griego “θεος” o “theos” que significa “Dios” y “λογος” o “logos” que expresa “estudio” o “razonamiento”, en consecuencia, significa el estudio de Dios y de los hechos relacionados con Dios. La Biblia nos dice que Dios no tiene principio ni fin, el hombre estudia esas cosas de Dios a partir de que el hombre mismo fue creado. Sabemos de Dios solo una pequeña parte de todo lo que Él nos ha querido decir por medio de Su revelación en la Biblia. La teología indaga, analiza, razona. Se vale de otras herramientas como la exégesis, la hermenéutica, incluso la dialéctica para llegar al núcleo, al corazón mismo de lo que Dios nos quiere comunicar.

Los ejercicios teológicos que irán apareciendo en este blog se centrarán en las principales parábolas de Jesús. El hijo pródigo, el buen samaritano,  la de los talentos, etc. Y por último un ejercicio sobre el llamado “sermón de la montaña”.

La razón de hacer estudios sobre las parábolas es porque ellas guardan siempre enseñanzas “ocultas” como perlas. Las parábolas fueron la forma más sencilla y práctica que Jesús utilizó para hacer llegar a su auditorio grandes y profundas enseñanzas. Son fáciles de entender por todo tipo de personas, sin importar el nivel educativo o cultural. Para el que no es estudioso de la Palabra de Dios, una parábola deja un buen mensaje al final. Para el que escudriña la Escritura es un cúmulo de aprendizaje cristiano. Hay que advertir que Jesús también empleó alegorías. Así que además de las parábolas, tenemos alegorías y parábolas que también son alegorías. Las parábolas también son útiles para entender cuestiones como las de qué es lo importante: la ley o la fe. No pocas veces los fariseos y los doctores de la ley, buscaron entrampar a Jesús. Las parábolas también fueron una forma de rebatir sus malos razonamientos.

Estos contenidos han sido producto de muchas horas de estudio, investigación, reflexión y razonamiento, el único propósito para estos documentos es que sean provechosos para hombres y mujeres que como dijo Jesús “tienen conciencia de su necesidad espiritual”.

Los ejercicios teológicos serán publicados a razón de uno por semana. Se pueden leer así, directamente o con la ayuda de una copia de la Escrituras.

Algunas de las traducciones que han sido empleadas para estas investigaciones son:

Biblia de Jerusalén

Biblia Hispanoamericana versión interconfesional

Reina Valera 1960

Reina Valera Contemporánea

La Biblia de Nuestro Pueblo

Traducción del Nuevo Mundo

Traducción en Lenguaje Actual

Fuentes:
https://www.significados.com/teologia/. Se consultó el 17 mar.. 2017.

Reina Valera 1960 español descarga

La Reina Valera revisión de 1960 es la Biblia más leída en español, se le conoce como la “reina de las Biblias” precisamente por su extensa difusión y aceptabilidad. El texto en el que se basa su traducción es en el llamado Códice Receptus, lo que la hace un tanto ineficiente en comparación con otras traducciones que se basan en documentos mucho más antiguos. Con todo, esta versión es sumamente hermosa por la manera en que emplea el lenguaje. La descarga de Reina Valera 1960 es un módulo para el programa para Android, Mysword. De click en el siguiente enlace:

Reina Valera 1960 descarga

Mysword, para el estudioso bíblico

Mysword es la versión para móviles y tabletas del excelente núcleo E sword para equipos de escritorio. Mysword tiene versiones tanto para IOS como para Android. En IOS en forma de pago y en Adroid gratis y sin anuncios una vez instalado.

En Mysword podemos tener una gran variedad de versiones de la Biblia, así como diccionarios, enciclopedias y ayudas para un mejor estudio de la Palabra Divina. No está demás decir que este programa es ecuménico. La instalación de cualquier versión de la Biblia -módulo- es fácil, se conecta el equipo a la computadora, se busca la carpeta “bibbles” y se copia el módulo. Es todo. La nueva versión de la Biblia aparecerá en cuanto abramos Mysword.

En la web hay muchas páginas en las que se pueden descargar módulos de Biblias, diccionarios, etc. Aquí en Escrituras a Fondo irán apareciendo en publicaciones próximas.

Por lo pronto aquí está el enlace para la descarga gratuita de Mysword:

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La justicia de Dios, según Marx

Podemos seguirle el juego a Marx y los marxistas. Hacer como ellos dicen y quitar esa “helenización”  de la que fue presa el cristianismo. También podemos emplear la dialéctica para ir descubriendo las huellas de lo que es el propósito de Dios, sus razones.

Si lo hacemos, iremos reconociendo a un Dios que en todo momento se apiada del pobre, del oprimido. Desde el pueblo hebreo liberado de la esclavitud egipcia, hasta el retorno de los cautiverios diversos, y hasta la promesa de un reino de justicia venidero. A través de toda esa historia bíblica se nos muestra además un Dios muy activo, que obra en favor de los suyos. Este Dios es muy distante, sin duda, del Dios helenizado, providencial, cuyos “caminos son inescrutables”. 

Pero la cosa no es tan sencilla de hallar, como todo lo que vale la pena, hace falta trabajo, esmero. Porque habrá que hacer exégesis, hermenéutica, dialéctica, para ir labrando ese conocimiento que será teología. 

Porque las justicia de Dios, la real, no es que vendrá y pondrá castigo al que lo merece. Como si mereciéramos un castigo por una imperfección de la que no somos culpables, que la heredamos gracias a la desobediencia de otros. No. Esa no es la justicia de Dios. La justicia de Dios es la que hace “suelos” parejos y elimina los abusos; la que quita a los humanos el deseo egoísta y los ayuda a entender que el semejante, al ser creación de Dios, como él mismo, es su hermano, parte de él, por esa razón. 

Por eso vino Cristo a la tierra a anunciar el Reino de Dios… y su justicia. Y ambos, Reino y justicia, fueron declarados al pobre, al de espíritu y al hambriento. Pero para que este Reino venga, antes tiene que reconciliarse la humanidad, perdonarse y amarse. Esto es lo que enseñó Jesús. No el que yace triste en cada imagen que la tradición venera. Sino el Jesús a “ras de tierra”.  El humano impetuoso, el  decidido, sabedor de que es portador de la misión más noble y generosa. La ecuación es fácil de entender : la humanidad se ama, Cristo la ama por ello, y Dios porque su hijo la ama, también la ama.

Nadie viene al Padre, si no es por mí, advirtió Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles nos narran que al inicio del cristianismo, los hombres, mujeres y niño de la nueva fe, se juntaban para compartir lo que tenían. Pero iban más allá. Los que tenían posesiones, las vendían y ese dinero era repartido para que nada tuviera carencia. Cada quien saque sus conclusiones si eso pudiera ser catalogado en nuestros tiempos como una especie de marxismo o no.

El marxismo, sus técnicas de investigación y análisis deben emplearse como herramientas para investigaciones teológicas, porque nos ayudan a saber cómo eran los tiempos pasados, en sentido económico, político, social, etc. No debe caerse en el error de verlo, como aquello que no es, como una religión. 

La gracia, la llave de la libertad

Antes esclavos, ahora libres
Éramos esclavos, nuestras debilidades eran las cadenas, la imperfección el candado. Pero la bondad de nuestro Dios y el sacrifico de nuestro rey Jesús nos han liberado. Nosotros, los cristianos contemporáneos, no estamos obligados a cumplir la imposible -por perfecta- ley que se le dio a Moisés y a su pueblo Israel. De las tres llaves simbólicas dadas a Pedro, nos corresponde la tercera, que fue la de abrir la esperanza del Reino a los llamados gentiles, es decir, los que no eran ni judíos ni samarios. Los gentiles quizá fuimos idólatras, adúlteros, salteadores, ladrones, mentirosos, apostadores, borrachos, etc. Pero gracias al amor de Dios es que se nos hizo conocedores de esa bondad y la esperanza de ser limpiados y perdonados de todo cuánto pudimos haber hecho mal. Como dijo nuestro rey: conocerán la verdad, y esa verdad los hará libres.
A los judíos, a quienes mayormente iba dirigida la predicación de Cristo en la tierra, el Maestro dijo: les doy un nuevo mandamiento, que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado. Aquí está el núcleo del mensaje y labor de Cristo. No dijo que venía a reformar el judaísmo, tampoco dijo que su propósito era expandirlo por el mundo. No. Dijo: les doy un NUEVO mandamiento. Este mandamiento era el amor, a Dios primero y al semejante después. A partir de ese momento, bastaba con ejercer fe y comprender el gran amor que Dios tiene por su creación y, motivado, imitar su ejemplo: amar al prójimo. El que ama a su prójimo no le hace daño, ni lo envidia, no le declara la guerra. El amor, como dijo Jesús, resume la antigua ley y la labor de los profetas. Por amor escogió a un pueblo y lo liberó, le dio una tierra excelente en la cual morar y hacerse grande y próspero. Pero esto fue solo una pequeña muestra de lo que está por venir.
Cristo enseñó a un pequeño grupo que debía predicar las buenas nuevas -“el Reino de Dios se ha acercado”-, todo lo que habían visto y oído. Con la sencillez empleada por él. Su público fueron los pastores, pescadores y gente común. Aunque cuando fue necesario, también dialogó con personas eruditas en cuanto a la ley. Pero era esta sencilla forma de explicar conceptos profundos la que dejaba consternados a sus opositores y maravillados a los que prestaban atención. Si Cristo hubiera empleado el abrumador legalismo de sanedrín, su mensaje no hubiera sido muy diferente del que se escuchaba en las sinagogas o en el templo. Cristo siendo el hijo de Dios, se comportó como el más humilde de los hombres. Muy distinto del clero judío que se sentían príncipes y únicos depositarios de la verdad. A estos hombres de ropas elegantes y mirada altiva les parecía indignante que un hijo de carpintero fuera el llamado Mesías. Aún y cuando estos hombres dedicaban su vida al estudio de la Palabra de Dios, la realidad es que no entendían el mensaje ni el propósito Divino. Su soberbia les cegaba. Ponen cargas a los humildes, pero ni ustedes podrían soportar tales cargas, les dijo Jesús. Pero ¿a qué cargas se refería? No era a los impuestos, pues estos no los controlaba el sanedrín sino los romanos. Las cargas eran en sentido espiritual. Las autoridades judías hacían sus propias interpretaciones de la ley, a estas interpretaciones se les conocía como la ley oral. Esta ley oral iba mucho más allá de la ley escrita. Hacía más agravante la situación espiritual de los judíos, ´pues por más que lo intentaran nunca alcanzaban a satisfacer los cumplimientos de la ley. Además de la gran corrupción, favoritismo y simonía que existía en el clero judío. A eso se refería el Mesías cuando les dijo que imponían cargas -legales- que ni ellos mismos eran capaces de cumplir. No lo hacían, no lo cumplían, pero el pueblo judío no podía señalar esto, pues hacerlo suponía hacer un señalamiento a los “elegidos” de Dios. Cristo dijo en el sermón del monte: felices los pobres de espíritu -no porque fueran débiles o carentes de espiritualidad, sino porque los tenían en ayuno en este sentido-, porque ellos serán saciados. Así pues, tanto el judío como el samario o el gentil, están llamados a ser liberados de toda carga o imposición. Cualquiera que ponga fe en el sacrificio redentor, está libre y consentido para fulgurar en el Espíritu de Dios, por Su gracia.
II
El legalismo inhibe la fe
 
El apóstol Pablo en su Carta a los Gálatas menciona  que es inconcebible que un esclavo que ha sido liberado, vuelva a la condición de esclavitud por voluntad. Pero va más allá, dice que quien lo hace no está con Cristo, sino contra él, pues desconoce la necesidad del sacrificio redentor. No son nuestros esfuerzos por andar en rectitud los que nos harán justos, sino la misericordia, que es un don gratuito de Dios. Pablo hace un exhorto a los cristianos del primer siglo, que se hace extenso a nuestros tiempos, de que nos llenemos de ese amor y gracia y nos alejemos de la obsesión por cumplir la ley de un pacto que ha sido desplazado por el mandamiento del amor. El cristiano deberá alimentarse del conocimiento de Dios para así educar su conciencia y que está le señale lo que es correcto, pero sin olvidar que todo lo que tiene, mucho o poco, es gracias al amor de Dios. En esos que se obsesionan por cumplir los antiguos madamientos se nota un poco del espíritu de satanás, que pensaba que él no necesitaba a Dios, pues podía arreglárselas por él mismo, con sus propias acciones. Es el mismo argumento de los que se afanan en cumplir la ley. Pretenden que sus actos los hacen merecedores de algo, negando con ello la bondad inmerecida por parte de Dios. Los cristianos debemos tener presente siempre que todo es gracias a la misericordia divina.
Hay que decir que en nuestros tiempos esta libertad es predicada, pero no siempre ejercida en el interior de las congregaciones. El clero -ya sea declarado o de facto- domina hoy la vida de los creyentes igual o más que en el siglo primero lo hacía el sanedrín. El creyente se sienta frente al púlpito o plataforma y escucha que debe obedecer, ser sumiso, ser leal, no debe cuestionar. Casi le dicen que no debe pensar. Simplemente acatar. Pero cabe preguntarnos: ¿Para eso nos dio Cristo la libertad, para que fuéramos una especie de andriodes sin raciocinio? La respuesta contundente es NO. En el cristianismo vale la duda -un ejemplo son los bereanos, mencionados por Pablo-, la crítica, el desacuerdo. Puesto que todos somos hermanos y nadie está por encima de nadie pues todo clero o cuerpo gobernante que se erige no tiene fundamento bíblico, los desacuerdos son lógicos. Pero en una comunidad formada por cristianos maduros se entiende que haya diferencias y puntos de vista encontrados.. Pablo tuvo muchos desencuentros, sobre todo con Pedro y los cristianos judaizantes, pero no por eso los desconocía como sus hermanos en la fe. No. Él y ellos tenían muy presente que toda dádiva gratuita proviene de Dios y que la obra que ellos llevaban a cabo era de Cristo, único caudillo. Pablo y Bernabé decidieron en algún momento tomar caminos distintos, por una diferencia de opinión, pero siempre tuvieron muy presente que eran hermanos en la fe.
Pero volvamos a la cuestión. Al cristiano casi se le dice no pienses, nosotros lo hacemos por tí. Tu haces lo que te decimos y tienes la salvación asegurada. No importa si hoy te enseñamos algo y mañana otra cosa que se contradice, no importa porque tu solo debes asentir. Eso significa ser creyente, aceptar y ya. Al menos yo no quiero ser ese tipo de creyente. En mi conciencia sé, me queda muy claro, que si fuera  ese tipo de creyente pasivo, no le serviría a Cristo de ninguna manera. Jesús al hablar empleaba parábolas porque de esta forma todos los que lo escuchaban podrían quedarse con algo de su mensaje. Pero al final a sus discípulos les hacía preguntas sobre lo que había hablado. A veces no bastaba la respuesta simple, porque Jesús quería saber qué había en su corazón. Cuando él consideraba que ellos no habían razonado lo suficiente lo expuesto por él, les decía algo así como: ustedes deben esforzarse más por entender las cosas a mayor profundidad pues heredarán el Reino de Dios. Y el maestro tenía que explicar de nuevo lo que les había querido transmitir. Como cada cabeza piensa distinto, es lógico deducir que había diferencia de opiniones y se hacía el debate. Al final Cristo aclaraba las cosas para todos. Hoy no tenemos a Jesús en persona, pero sí la palabra de Dios. Las congregaciones no deben desalentar la diferencia de opinión, por el contrario, deben alentarla porque enriquece el ministerio y el conocimiento. Claro. Siempre la Biblia como fiel de la balanza.
El clero -el declarado y el de facto- tiene miedo de ver locales vacíos a pesar de que predica que angosto es el camino que conduce a salvación. Por eso controla de manera férrea a los creyentes, los domina y a veces asfixia con tanto legalismo. A los hombres le dice el tipo de mujer que han de elegir, el trabajo, el ocio, si puede usar barba o no. A las mujeres aún más, hasta el color de ropa que han de usar. Qué lejos está todo esto de la pequeña comunidad formada por Cristo y sus seguidores. Para los líderes modernos todo es apostasía, todo es rebeldía. Olvidan que Cristo no fundó religiones ni cotos de poder. Dijo: donde estén más de dos, allí estoy yo.
III
 
Libres para amar a Dios
 
Tuyos eran y me los diste. Le dice Jesús a su Padre en agradecimiento por haberle permitido compartir su ministerio con sus apóstoles, hombres sencillos e imperfectos.
Nosotros, los que hemos aceptado a Cristo en nuestra vida, tenemos esa misma condición. Somos de Cristo por gracia de Dios. No somos prisioneros de esa ley que esclavizaba a los judíos, nuestros pecados han sido limpiados por la sangre del cordero. Como dice Pablo en Gálatas: Jesús es la llave que nos ha puesto en libertad. Pero ¿qué hacer con esa libertad?
Lo que suele hacer un preso es aflojar el cuerpo un poco o salir a correr, alegre porque está de nuevo en libertad. Pues eso mismo, alegrarnos porque somos libres y más que eso, además se nos da el gran regalo de la vida. Si a un preso al recobrar su libertad, un benefactor le hubiera dado un gran tesoro, este preso hubiera, sin duda, preguntado por ese hombre tan bueno y hubiera querido conocerle para agradecerle.
Así nosotros, somos libres y ricos. Pero no es la nuestra la libertad del hijo pródigo, ni nuestra riqueza es material como para despilfarrarla. Nuestra libertad es para amar al Dios que no conocíamos y a nuestro Rey y caudillo, Cristo. Somos libres para ser felices y fulgurar en el Espíritu de Dios. Para que esa felicidad sea contagiosa y comunicante. Para compartir el pan con el que no lo tiene, para escuchar y consolar al que sufre. Para orar por el enfermo y por el preso. Seamos libres además, para sentarnos a platicar con el que no piensa como nosotros, abrazarlo como nuestro hermano que es y pedir la bendición para él.
Solo si amamos, conoceremos a Dios.

¿Por fe o por obras?

Uno de los primeros cismas que ocurrieron fue en el siglo I y se dio entre Pablo y los cristianos de la congregación de Jerusalén. Pablo argumentaba que la justifiación viene por la fe, que no es por obra humana alguna, pues si así fuera, entonces el hombre no necesita del sacrificio de Cristo para ser salvo. En cambio, por parte de los llamados judaizantes, es decir, los cristianos que aún se aferraban a respetar las leyes y tradiciones judías, como Santiago, la fe no bastaba, hacían falta las obras, “pues hasta los demonios creen que Dios existe”. Por parte de Pablo, las Cartas a los Gálatas y a los Romanos dan cuenta de su defensa de la fe y la gracia de Dios. Por parte de Santiago está la carta homónima.

Sin duda es un tema polémico para el mundo cristiano.

Jesús dejó muy en claro que él “siempre hacías las cosas que le agradaban a su Padre”, es decir, obras. Pero estas, ¿eran movidas por un profundo amor a Dios o por acatar alguna ley?

Nadie estaría dispuesto a dar su vida en sacrificio por cumplir una ley, en cambio, muchas personas hacen grandes sacrificios por aquellos que aman, sin que nadie se los exija. Aquí, el argumento de Pablo lleva un punto.

Pensemos en un ejemplo que todos conocemos. En las ciudades los gobiernos establecen reglamentos para proteger al peatón; colocan semáforos para que los automóvilistas se detengan para que los andantes puedan cruzar la calle. Aquel que no respeta el semáforo, es multado. Como siempre, hay quien acata las reglas y quien no. Pero desntro de los que lo hacen habrá quien lo haga convencido de que es lo correcto, en cambio habrá quien lo haga por fuerza y no por gusto. Para que haya orden, el gobienro pone leyes que todos estamos OBLIGADOS a cumplir. Si todos los ciudadanos tuviéramos amor hacia nuestros semejantes y entendiéramos el valor de la generosidad, no se necesitarían leyes ni reglamentos, pues todos haríamos los correcto movidos por amor. Estaríamos cumpliendo el segundo mandato de Jesús.

Santiago argumenta que también los demonios creen que Dios existe. El argumento es algo mañoso, pues no es lo mismo creer que tener fe. Pues aunque la fe implica creer, también conlleva tener convicción y confiar de manera firme. Eso no lo tienen los demonios. Ellos saben que Dios existe, pero no confían en él, como no lo hizo satanás, quien no confió en Dios, ni en la necesidad de adorarle. Santiago en su carta dice: Muestráme tu fe sin obras y por mis obras te mostraré mi fe. Aquí, aparte de un cierta petulancia, lo que puede notarse es un cierto desconocimiento de la gracia Divina. Dios ama primero, como escribió el apóstol Juan. Porque ama, generoso da a su hijo como sacrificio expiatorio por los pecados, para el que CREE en él no muera, sino que tenga vida eterna. Estas palabras son ciertas y contundentes. Como dice Pablo, si por las obras que haga, el hombra ganará su salvación, entonces Cristo vino en vano.

Los judíos hacían muchas obras… pero había un gran problema, carecían de amor sincero muchas de ellas. Lo hacían porque la ley así se los dictaba y cada que podían, burlaban esa ley. Esa ley los tenía esclavizados.

Como puede notarse, Santiago no dimensionaba ni discernía la gracia de Dios de la misma forma que Pablo. Le costaba separarse de la tradición Judía.

Cuando el amor de Dios toca el corazón de un hombre y Cristo entra en su vida y la transforma, éste se hace imitador de Jesús y el fruto del espíritu brota feliz. Entonces este “hombre nuevo” al igual que Cristo, procura hacer las cosas que alegran al padre. Siempre con gozo y no con imposición.

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En un post anterior hablábamos de la excelente herramienta que es E-Sword para el estudio profundo de la BIblia. Decíamos que una de sus ventajas es la capacidad de hacerla más grande con módulos adicionales. Pues bien, ahora ponemos a la disposición del lector el primer módulo con el que puede complementar su app E-Sword. Se trata del módulo de la BIblia al Día. Esta traducción es apta para cualquier tipo de lector, novato o experto, ya que su forma de redacción es bastante entendible.

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