Cristo nos confronta

Por amor, Cristo nos levanta y sacude, nos atrae para él, nos sacude el letargo que tenemos como polvo alojado, esa pereza egoista del interés únicamente personal. Ya no seremos para nosotros, sino para él. No es que no nos importemos, claro, nadie puede amar a alguien más si no se ama antes a sí mismo. La diferencia está en que seremos capaces de amar a los demás y no solo a nosotros. Jesús ya no es ese hombre doliente que está muriendo a manos de los soldados romanos. No. Ya es el caudillo que está llevando a cabo la liberación más grande que nadie haya hecho jamás. Por eso con su voz nos confronta, hace que nos cuestionemos, qué fuímos, qué somos, qué seremos. ¿Dejaremos la comodidad de lo que creemos ganado? No se necesitan grandes riquezas para ser egoista. Se puede ser egoista si no se comparte un poco del único pan que tengamos.  También se es egoista si “escondemos el talento” y decimos: yo no le hago mal a nadie, soy un buen ciudadano, pago mis impuestos. Eso, sin duda, merece un reconocimiento por ciudadano ejemplar. Pero el ser cristiano implica muchas otras cosas, porque Cristo siempre es más. Quien se porta bien, lo hace porque así lo ordena la ley humana o si no va a la cárcel. Pero, puesto que Jesús no impone leyes, espera todo, sí, por amor, por amor resuelto y decidido. Amor valiente, que no se retrae, ni espera ocasión idónea. Todo momento, todo tiempo es el mejor. Dios ama en todo tiempo.

Cristo nos confronta para que nos demos cuenta de lo que somos y lo que podemos llegar a ser por medio del espíritu de Dios.

Fuimos liberados para amar en libertad.

Anuncios

Fe no es encubrimiento

Me traicionaría a mí mismo si no denunciara las injusticias. – Moseñor Luis Alberto Luna Tobar.

La única razón por la que un cristiano debería desobedecer a las autoridades seglares es porque estas se opongan a la labor de evangelización. Así lo explica de forma clara el apostol Pablo. Cuando no es así, los creyentes estamos obligados a respetar a los gobernantes y las leyes, pues, como dice el apóstol, estas autoridades existen para que haya un orden, así sea relativo.

Pero muchas veces las religiones se vuelven una especie de clanes en los que su clero -ya sea el declarado o el de facto- pide secrecía… hasta cuando hay delitos cometidos. Convencen a los creyentes de no denunciar ante las autoridades, porque eso es “ir contra Dios” pues ellos son los representantes de Él en la tierra. Al menos eso es lo que ellos dicen. Como receta para el agravio estos líderes recomiendan el perdón, rezar u orar mucho y todo dejárselo a Dios. Pero hacer esto, es muy grave… además de cometer el delito de encubrimiento.

En las últimas décadas se ha sabido en todo el mundo de casos de abuso sexual cometido contra niños y niñas dentro de las diversas religiones. Hechos sin duda aberrantes, que nada bajo ninguna circunstancia se justifican.

Los medios de comunicación han dado cuenta de estos abusos y de las cantidades millonarias que han tenido que pagar las distintas confesiones religiosas como reparación del daño y por haber encubierto a los pederastas. Católicos, evangélicos, testigos de Jehová, nadie se salva, todos han encubierto a agresores de niños. Por distintas razones: algunos por evitar el escándalo, otros por temor a que dismminuya su feligresía, unos más por pensar que es un ataque del César a su obra evangelizadora.

La realidad es que nadie debería pasar por este tipo de cosas y menos en los espacios que se suponen sirven para hacernos mejores personas. Pero si suceden, debemos denunciarlos, sin demora, sin titubeo, porque, y esto nos debe quedar muy claro, no debe permitirse nunca. Además, no es a nuestro hermano a quien acusamos, sino a un pederasta. A “un lobo con piel de oveja”. A un ser deleznable que no es capaz de caer en cuenta del irremediable daño y trauma que le causa a lo más pequeños del Reino de Dios. No importa si es obispo, sacerdote, párroco, pastor, anciano, siervo ministerial, cardenal. Al qe abuse, hay que denunciarlo.

Nadie es deleal a Dios por denunciar a un humano, pues los actos delictivos no los comete Dios sino el hombre, que merece castigo.

Fe no es encubrimiento.

La mujer en el plan divino

Durante los días creativos Dios en su poder fue formando todas las cosas de forma maravillosa y majestuosa. Como un gran artista diseñó el universo, los planetas, los mares…Y finalmente al hombre.

Antes del hombre, dice el Génesis, cada cosa creada le parecía bien a Dios. Porque estas cosas estaban completas. El universo en su admirable armonía, con el sol cumpliendo su función, al igual que cada estrella. Los animales estaban según su tipo, macho y hembra. No así el hombre, que estaba solo y no se sentía completo. Tenía alimento en abundancia, salud, perfección. Pero no estaba del todo satisfecho. Claro que disfrutaba de una relación plena con Dios, pero le faltaba con quien hacer compañía. El hombre en sus adentros sabía que algo -o alguien, mejor dicho- le hacía falta para ser verdaderamente completo y feliz.

No era bueno que el hombre permaneciera solo. Adán, el primer hombre, creado a la semejanza de Dios, allí, en ese hermoso jardín creado para él, para su disfrute… Pero Adán veía que los animales que le habían sido encargados andaban en pareja. Al verse solo, Adán se ponía triste. Así lo vio Dios y tomó una parte de Adán para formar a la mujer. Carne de su carne fue Eva para Adán.
Así que no es que a Adán le hiciera falta algo. Sino que en realidad no estaba completo. Por eso cuando Dios bendice el matrimonio de Adán y Eva les dice que son una sola carne.

No es en un plano secundario en el que Dios ha puesto a la mujer. No. La mujer complementa al hombre. Lo nutre, lo alienta, lo escucha. Lo enriquece con su amor y ternura. Y le pone la muestra de su laboriosidad. Tampoco es la mujer un sirviente para el hombre, ni un objeto. Pablo exhorta a los cristianos a acariciar a su propia carne. Y ¿quién es esa propia carne si no la mujer?

Los nacidos en Cristo debemos tener siempre presente que nuestra cónyuge no es nuestro primer prójimo, sino nuestro propio cuerpo.

Cristo fue el gran emancipador de la mujer. Le hizo ver cuán importante es la función que desempeña en la obra de Dios. Hoy en día las mujeres ocupan un lugar importante en la obra del Señor. Marcan la pauta en la predicación. Ministran con amor y hacen obras de misericordia. No intentan ocupar un puesto que no es el suyo. En vez de eso, se sujetan con mansedumbre al orden que Cristo estableció.

Así que la mujer sin duda, es protagonista del plan Divino.