La justificación

Me gusta volver a cada tanto al asunto de la justifiación porque creo que es la primera cosa que todo cristiano de nivel básico a intermedio -en cuanto a conocimientos-, debería conocer y, lo más importante, entender.

La justifiación es el epicentro del debate permanente entre las obras y la fe. Algunos defienden una postura y otros otra. La realidad es que no deberíamos estar desgastándonos en un tema que con un  poco de razonamiento y buen criterio, podríamos comprender y zanjar facilmente. ¿El creyente se salva por las obras o por la fe? Veamos.

El antiguo pueblo de Israel estaba  sujeto al pacto de la ley. Ese fue su acuerdo con Dios: mientras ellos cumplieran con sus mandatos, prosperarían como nación. Y así fue. Pero si dejaban de cumplir esa ley, Dios quitaría su protección de ellos y sufrirían, por la invasión de otras naciones, por hambrunas y sequías. Dios se “apartaría” de ellos por su infidelidad. Cabe agregar que el pacto de la ley había sido aceptado por la “entera asamblea”, no era individual. Y tampoco este pacto ofrecía la esperanza de la vida eterna.

Cristo dijo: les doy un nuevo pacto. ¿Cuál era ese pacto? El pacto del amor. Así de simple y de profundo a la vez. Este pacto convoca a todo aquel que así lo disponga a cambiar la forma de pensar. A entender que las cosas se pueden hacer por amor, por desinterés y NO movidos por la OBLIGACIÓN de una ley, que además era imposible de cumplir en su totalidad. Por eso Pablo decía y con sobrada razón, que esa ley “esclavizaba”.  Muy diferente y refrescante el nuevo pacto. El amor no impone nada, porque con el ejemplo enseña. Dios nos enseñó, nos enseña a amar. Cristo nos abre el panorama con su ministerio para poder comprender a plenitud hasta dónde puede llegar la bondad y la misericordia. Por eso cabe preguntarse ¿Si Dios y su hijo han hecho una gran labor en todo su amor por nosotros, qué más podemos hacer nosotros, pequeños hombres pecadores? La respuesta es contundente: NADA. No podemos hacer nada. De hecho, intentar o siquiera pensar que nuestras obras nos salvan, es desconocer al Cristo. Esto lo advierte Pablo en Gálatas y Romanos. La fe, la relación con Dios por medio de su hijo, el perdón de los pecados, la esperanza de vida eterna y la justifiación son por gracia. Y gracia significa GRATIS. Si las obras salvaran no hubiera habido necesidad de que Cristo viniera a ofrendar su vida. Por el contrario, puesto que el hombre no es capaz de solventar su vida por él mismo, es que necesita el rescate que el sacrificio de Cristo le ofrece. Pero como el agua del pozo en el que Cristo y la samaritana platicaron, nadie debe pagar nada… porque nadie tiene algo más valioso o que se equipare a la bondad de Dios y a la vida de su hijo.

Así que la justifiación, que no es otra cosa que aquel que Dios considera justo o de su agrado, no es por obra humana.

Claro y que nadie se confunda, que nuestras obras no se requieran para recibir esta gracia, no nos da carta abierta para hacer la maldad. Pues no estaríamos mostrando amor a Dios ni a nuestro prójimo. No. Es por ese amor y bondad  que nuestro corazón se transforma, que está dispuesto a cambiar a vivir ya no para sí, sino para servir a su Creador. Y que, como imperfecto que es, si peca, no se atormente, sino que se arrepienta y se sane y se ponga de pie nuevamente.  La carga de Cristo por medio del nuevo pacto es “suave y ligera”.

 

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Ejercicios teológicos

La teología no es otra cosa que el estudio de Dios. La palabra teología es de origen griego “θεος” o “theos” que significa “Dios” y “λογος” o “logos” que expresa “estudio” o “razonamiento”, en consecuencia, significa el estudio de Dios y de los hechos relacionados con Dios. La Biblia nos dice que Dios no tiene principio ni fin, el hombre estudia esas cosas de Dios a partir de que el hombre mismo fue creado. Sabemos de Dios solo una pequeña parte de todo lo que Él nos ha querido decir por medio de Su revelación en la Biblia. La teología indaga, analiza, razona. Se vale de otras herramientas como la exégesis, la hermenéutica, incluso la dialéctica para llegar al núcleo, al corazón mismo de lo que Dios nos quiere comunicar.

Los ejercicios teológicos que irán apareciendo en este blog se centrarán en las principales parábolas de Jesús. El hijo pródigo, el buen samaritano,  la de los talentos, etc. Y por último un ejercicio sobre el llamado “sermón de la montaña”.

La razón de hacer estudios sobre las parábolas es porque ellas guardan siempre enseñanzas “ocultas” como perlas. Las parábolas fueron la forma más sencilla y práctica que Jesús utilizó para hacer llegar a su auditorio grandes y profundas enseñanzas. Son fáciles de entender por todo tipo de personas, sin importar el nivel educativo o cultural. Para el que no es estudioso de la Palabra de Dios, una parábola deja un buen mensaje al final. Para el que escudriña la Escritura es un cúmulo de aprendizaje cristiano. Hay que advertir que Jesús también empleó alegorías. Así que además de las parábolas, tenemos alegorías y parábolas que también son alegorías. Las parábolas también son útiles para entender cuestiones como las de qué es lo importante: la ley o la fe. No pocas veces los fariseos y los doctores de la ley, buscaron entrampar a Jesús. Las parábolas también fueron una forma de rebatir sus malos razonamientos.

Estos contenidos han sido producto de muchas horas de estudio, investigación, reflexión y razonamiento, el único propósito para estos documentos es que sean provechosos para hombres y mujeres que como dijo Jesús “tienen conciencia de su necesidad espiritual”.

Los ejercicios teológicos serán publicados a razón de uno por semana. Se pueden leer así, directamente o con la ayuda de una copia de la Escrituras.

Algunas de las traducciones que han sido empleadas para estas investigaciones son:

Biblia de Jerusalén

Biblia Hispanoamericana versión interconfesional

Reina Valera 1960

Reina Valera Contemporánea

La Biblia de Nuestro Pueblo

Traducción del Nuevo Mundo

Traducción en Lenguaje Actual

Fuentes:
https://www.significados.com/teologia/. Se consultó el 17 mar.. 2017.

La Iglesia samaritana y el principio-misericordia. Jon SOBRINO

Este documento apareció originalmente en la Revista Latinoamericana de Teología. Es un estudio importante sobre qué implica ser misericordioso. Jon Sobrino explica que es ir más allá de desprenderse de unas simples monedas, como la caridad “tradicional” que conocemos. La verdadera misericordia es como Dios la concibe: rechazar la injusticia y buscar la equidad.

El documento para su descarga aparece en el siguiente enlace en formato epub:

La iglesia samaritana y el principio misericordia. Jon Sobrino

La justicia de Dios, según Marx

Podemos seguirle el juego a Marx y los marxistas. Hacer como ellos dicen y quitar esa “helenización”  de la que fue presa el cristianismo. También podemos emplear la dialéctica para ir descubriendo las huellas de lo que es el propósito de Dios, sus razones.

Si lo hacemos, iremos reconociendo a un Dios que en todo momento se apiada del pobre, del oprimido. Desde el pueblo hebreo liberado de la esclavitud egipcia, hasta el retorno de los cautiverios diversos, y hasta la promesa de un reino de justicia venidero. A través de toda esa historia bíblica se nos muestra además un Dios muy activo, que obra en favor de los suyos. Este Dios es muy distante, sin duda, del Dios helenizado, providencial, cuyos “caminos son inescrutables”. 

Pero la cosa no es tan sencilla de hallar, como todo lo que vale la pena, hace falta trabajo, esmero. Porque habrá que hacer exégesis, hermenéutica, dialéctica, para ir labrando ese conocimiento que será teología. 

Porque las justicia de Dios, la real, no es que vendrá y pondrá castigo al que lo merece. Como si mereciéramos un castigo por una imperfección de la que no somos culpables, que la heredamos gracias a la desobediencia de otros. No. Esa no es la justicia de Dios. La justicia de Dios es la que hace “suelos” parejos y elimina los abusos; la que quita a los humanos el deseo egoísta y los ayuda a entender que el semejante, al ser creación de Dios, como él mismo, es su hermano, parte de él, por esa razón. 

Por eso vino Cristo a la tierra a anunciar el Reino de Dios… y su justicia. Y ambos, Reino y justicia, fueron declarados al pobre, al de espíritu y al hambriento. Pero para que este Reino venga, antes tiene que reconciliarse la humanidad, perdonarse y amarse. Esto es lo que enseñó Jesús. No el que yace triste en cada imagen que la tradición venera. Sino el Jesús a “ras de tierra”.  El humano impetuoso, el  decidido, sabedor de que es portador de la misión más noble y generosa. La ecuación es fácil de entender : la humanidad se ama, Cristo la ama por ello, y Dios porque su hijo la ama, también la ama.

Nadie viene al Padre, si no es por mí, advirtió Jesús.

Los Hechos de los Apóstoles nos narran que al inicio del cristianismo, los hombres, mujeres y niño de la nueva fe, se juntaban para compartir lo que tenían. Pero iban más allá. Los que tenían posesiones, las vendían y ese dinero era repartido para que nada tuviera carencia. Cada quien saque sus conclusiones si eso pudiera ser catalogado en nuestros tiempos como una especie de marxismo o no.

El marxismo, sus técnicas de investigación y análisis deben emplearse como herramientas para investigaciones teológicas, porque nos ayudan a saber cómo eran los tiempos pasados, en sentido económico, político, social, etc. No debe caerse en el error de verlo, como aquello que no es, como una religión. 

Cristo nos confronta

Por amor, Cristo nos levanta y sacude, nos atrae para él, nos sacude el letargo que tenemos como polvo alojado, esa pereza egoista del interés únicamente personal. Ya no seremos para nosotros, sino para él. No es que no nos importemos, claro, nadie puede amar a alguien más si no se ama antes a sí mismo. La diferencia está en que seremos capaces de amar a los demás y no solo a nosotros. Jesús ya no es ese hombre doliente que está muriendo a manos de los soldados romanos. No. Ya es el caudillo que está llevando a cabo la liberación más grande que nadie haya hecho jamás. Por eso con su voz nos confronta, hace que nos cuestionemos, qué fuímos, qué somos, qué seremos. ¿Dejaremos la comodidad de lo que creemos ganado? No se necesitan grandes riquezas para ser egoista. Se puede ser egoista si no se comparte un poco del único pan que tengamos.  También se es egoista si “escondemos el talento” y decimos: yo no le hago mal a nadie, soy un buen ciudadano, pago mis impuestos. Eso, sin duda, merece un reconocimiento por ciudadano ejemplar. Pero el ser cristiano implica muchas otras cosas, porque Cristo siempre es más. Quien se porta bien, lo hace porque así lo ordena la ley humana o si no va a la cárcel. Pero, puesto que Jesús no impone leyes, espera todo, sí, por amor, por amor resuelto y decidido. Amor valiente, que no se retrae, ni espera ocasión idónea. Todo momento, todo tiempo es el mejor. Dios ama en todo tiempo.

Cristo nos confronta para que nos demos cuenta de lo que somos y lo que podemos llegar a ser por medio del espíritu de Dios.

Fuimos liberados para amar en libertad.

¿Por fe o por obras?

Uno de los primeros cismas que ocurrieron fue en el siglo I y se dio entre Pablo y los cristianos de la congregación de Jerusalén. Pablo argumentaba que la justifiación viene por la fe, que no es por obra humana alguna, pues si así fuera, entonces el hombre no necesita del sacrificio de Cristo para ser salvo. En cambio, por parte de los llamados judaizantes, es decir, los cristianos que aún se aferraban a respetar las leyes y tradiciones judías, como Santiago, la fe no bastaba, hacían falta las obras, “pues hasta los demonios creen que Dios existe”. Por parte de Pablo, las Cartas a los Gálatas y a los Romanos dan cuenta de su defensa de la fe y la gracia de Dios. Por parte de Santiago está la carta homónima.

Sin duda es un tema polémico para el mundo cristiano.

Jesús dejó muy en claro que él “siempre hacías las cosas que le agradaban a su Padre”, es decir, obras. Pero estas, ¿eran movidas por un profundo amor a Dios o por acatar alguna ley?

Nadie estaría dispuesto a dar su vida en sacrificio por cumplir una ley, en cambio, muchas personas hacen grandes sacrificios por aquellos que aman, sin que nadie se los exija. Aquí, el argumento de Pablo lleva un punto.

Pensemos en un ejemplo que todos conocemos. En las ciudades los gobiernos establecen reglamentos para proteger al peatón; colocan semáforos para que los automóvilistas se detengan para que los andantes puedan cruzar la calle. Aquel que no respeta el semáforo, es multado. Como siempre, hay quien acata las reglas y quien no. Pero desntro de los que lo hacen habrá quien lo haga convencido de que es lo correcto, en cambio habrá quien lo haga por fuerza y no por gusto. Para que haya orden, el gobienro pone leyes que todos estamos OBLIGADOS a cumplir. Si todos los ciudadanos tuviéramos amor hacia nuestros semejantes y entendiéramos el valor de la generosidad, no se necesitarían leyes ni reglamentos, pues todos haríamos los correcto movidos por amor. Estaríamos cumpliendo el segundo mandato de Jesús.

Santiago argumenta que también los demonios creen que Dios existe. El argumento es algo mañoso, pues no es lo mismo creer que tener fe. Pues aunque la fe implica creer, también conlleva tener convicción y confiar de manera firme. Eso no lo tienen los demonios. Ellos saben que Dios existe, pero no confían en él, como no lo hizo satanás, quien no confió en Dios, ni en la necesidad de adorarle. Santiago en su carta dice: Muestráme tu fe sin obras y por mis obras te mostraré mi fe. Aquí, aparte de un cierta petulancia, lo que puede notarse es un cierto desconocimiento de la gracia Divina. Dios ama primero, como escribió el apóstol Juan. Porque ama, generoso da a su hijo como sacrificio expiatorio por los pecados, para el que CREE en él no muera, sino que tenga vida eterna. Estas palabras son ciertas y contundentes. Como dice Pablo, si por las obras que haga, el hombra ganará su salvación, entonces Cristo vino en vano.

Los judíos hacían muchas obras… pero había un gran problema, carecían de amor sincero muchas de ellas. Lo hacían porque la ley así se los dictaba y cada que podían, burlaban esa ley. Esa ley los tenía esclavizados.

Como puede notarse, Santiago no dimensionaba ni discernía la gracia de Dios de la misma forma que Pablo. Le costaba separarse de la tradición Judía.

Cuando el amor de Dios toca el corazón de un hombre y Cristo entra en su vida y la transforma, éste se hace imitador de Jesús y el fruto del espíritu brota feliz. Entonces este “hombre nuevo” al igual que Cristo, procura hacer las cosas que alegran al padre. Siempre con gozo y no con imposición.

El gran regalo del libre albedrío

Jehová ha otorgado sin duda, muchos obsequios a su creación el hombre. Pero uno de los más importantes es el libre albedrío. La libre determinación de decidir por voluntad propia.

¡Qué gran muestra de humildad y generosidad por parte de Jehová!

Dios no quiere que pongamos fe en Él por obligación o por fuerza, por el contrario, quiere que lo conozcamos, que percibamos la magnificencia de todas las cosas que ha creado y que están para nuestro disfrute.  Quiere que lo amemos por voluntad propia.

Él no hace que salga el sol únicamente para los que le adoran. La Biblia dice que hace llover para justos -los que son sus siervos y le aman- y para injustos -los que no lo conocen o lo rechazan-.

Por eso debemos sentirnos alegres porque sin duda hemos recibido un gran regalo por parte del Creador: el libre albedrío.